Elecciones y lecciones del 25 de febrero

Hoy se cumplen 26 años de las elecciones del 25 de febrero de 1990, las cuales cambiaron el rumbo de la historia nacional mediante el procedimiento cívico y pacífico por excelencia de participación ciudadana, que es el acto electoral.

Las elecciones del 25 de febrero de 1990 son memorables, porque en ellas fue derrotada la poderosa maquinaria política y militar de corte totalitario, del FSLN, cuyos dirigentes habían jurado que jamás rifarían en elecciones libres el poder que habían conquistado con sangre en la guerra, que su poder duraría al menos mil años (así lo dijo Daniel Ortega el 18 de enero de 1987, en Ciudad

Darío, durante la celebración del 120 aniversario del natalicio de Rubén Darío), y que Nicaragua sería sandinista para siempre o dejaría de ser Nicaragua.

También son memorables las elecciones del 25 de febrero de 1990, porque en ellas triunfó una señora vestida de blanco, doña Violeta Barrios viuda de Chamorro, cuya única fuerza era su integridad y la esperanza y la fe de todo un pueblo que no quería más guerra, ni odio entre hermanos, ni seguir subsistiendo con el racionamiento miserable, ni soportar un poder político arrogante, excluyente y represivo. Un pueblo que quería el cambio para vivir y trabajar en paz, mejorar su vida, tener democracia y que Nicaragua volviera a ser república, como fue la aspiración de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal por la cual luchó hasta dar su vida.

Y son recordables aquellas elecciones, celebradas hace 26 años, porque junto con doña Violeta ganó la contienda cívica una alianza electoral en la que se unieron milagrosamente 14 partidos políticos, desde los más conservadores hasta los comunistas y otros marxistas, desde la extrema derecha hasta la izquierda radical.

Todas esas razones hicieron de las elecciones del 25 de febrero de 1990 un hecho extraordinario. Pero también son dignas de recordar y aprender sus lecciones, porque demostraron que hasta la dictadura más recalcitrante puede ser obligada a reconocer y respetar el derecho del pueblo a elecciones libres y transparentes; porque probaron que combinada la voluntad democrática con la acción electoral se puede cambiar de gobierno e incluso de sistema político; y que la democracia republicana que se funda en el Estado de derecho, en la vigencia de las libertades individuales y en el respeto a los derechos humanos de todos, es la mejor alternativa para instalar un gobierno que asegure las condiciones necesarias para vivir con tranquilidad y progresar de manera sostenida.

Las lecciones de las elecciones de febrero de 1990 son más relevantes en la actualidad, cuando por causa de la traición política y la corrupción se ha entronizado una nueva dictadura que —otra vez— le niega a los nicaragüenses el derecho de elegir libremente para cambiar gobierno por medio de elecciones justas y transparentes.

Las circunstancias de hoy son muy diferentes a las de 1990. Pero el objetivo democrático es el mismo. Y también es el mismo pueblo nicaragüense que se liberó por medio de las elecciones hace 26 años y ahora solo necesita salir de su modorra política, tener fe y recobrar la confianza en sí mismo, para salir de esta otra dictadura.

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