La derrota del presidente de Bolivia, Evo Morales, en el referendo del domingo pasado, mediante el cual pretendía que se aprobara una reforma constitucional para seguir gobernando al menos hasta 2025, es otra muestra de la decadencia del Alba, el proyecto estratégico de la izquierda populista autoritaria de América Latina y el Caribe que se ha apoderado de varios países de la región, entre ellos Nicaragua.
Desde su nacimiento en el año 2004, financiado con los petrodólares de Venezuela que Hugo Chávez usó para impulsar su proyecto revolucionario en toda la región, el Alba avanzó arrolladoramente y parecía imparable. Un ideólogo del chavismo, el argentino Luis Bilbao, escribió en un ensayo publicado el año pasado que la creación del Alba “fue un paso dictado por la comprensión internacionalista de la lucha revolucionaria”. Sin embargo reconoció que se trata de una unión de gobiernos que “tiene limitaciones y ritmos ajenos a las urgencias de un combate político” sostenido y permanente.
El Alba tiene también naturaleza de caducidad. No es posible determinar con exactitud la fecha de vencimiento de los regímenes populistas, socialistas del siglo 21, chavistas, albistas o como quieran llamarse, en cada uno de los países donde se han entronizado, pero es absolutamente inevitable que caigan en una crisis existencial y tarde o temprano tendrán que desaparecer.
Agotados los fondos de Venezuela por la caída catastrófica de los precios del petróleo; desaparecido por defunción Hugo Chávez, el caudillo de la revolución bolivariana y del socialismo del siglo 21 que con su estilo agresivo y su lenguaje demagógico y populista sedujo a las masas de América Latina y el Caribe, incluso a algunos demócratas despistados; hundida Venezuela en una crisis insalvable de la que solo puede salir desmantelando el socialismo bolivariano y regresando a la democracia; replegada la dictadura comunista de Cuba al entendimiento con Estados Unidos y tomando rumbo hacia el capitalismo de Estado; y cansada cada vez más la gente de ver las mismas caras en el poder y oír los mismos discursos en los gobiernos integrantes o asociados del Alba, este proyecto comenzó a declinar y la derrota de Evo Morales en el referendo del domingo pasado, es el capítulo más reciente de ese proceso, pero no el último.
La caída del gobierno de Manuel Zelaya en junio de 2009 (no mucho tiempo después de que Honduras fuera anexado al Alba), fue la clarinada de que la alianza de regímenes populistas y autoritarios no era invencible, ni era cierto que estaba destinada a dominar para siempre en toda la región como era la pretensión proclamada de sus promotores, Hugo Chávez y Fidel Castro.
A lo de Honduras siguieron la crisis integral de Venezuela, la derrota del kirchnerismo en Argentina, la resignación de Rafael Correa a no volver a reelegirse en la presidencia de Ecuador, y ahora la derrota de Evo Morales en el referendo de Bolivia, que aunque su resultado fuera cambiado con un burdo fraude de todas maneras ha sido un golpe directo al corazón estratégico del Alba.
También al régimen orteguista de Nicaragua le tendrá que llegar su hora. No hay manera de evitarlo. Solo hay que estar preparados para asistir a ese gran final.