En la época de la posguerra y hasta mediados de los años 70, los salarios reales crecieron aproximadamente al mismo ritmo que la productividad del trabajo, posibilitando la progresión simultánea de la producción de masas y el consumo de masas. En este periodo se produjo una marcada reducción en la desigualdad en la distribución del ingreso.
Sin embargo, este patrón de crecimiento comenzó a mostrar signos de agotamiento a inicios de los años 70. La productividad del trabajo se desaceleró marcadamente, y los salarios reales comenzaron a rezagarse con respecto a la productividad. En las décadas posteriores el crecimiento de la productividad se recuperó, pero los salarios reales siguieron rezagándose de manera sistemática respecto a los incrementos en la productividad.
Esto significó una disminución también sistemática de la participación de los salarios en el valor agregado, lo cual implica que los beneficios derivados de los incrementos en la productividad se concentraron en el denominado “Excedente de Explotación”. Ello estuvo acompañado por un acelerado aumento en la desigualdad en la distribución del ingreso.
Dado que los salarios representan la principal fuente de ingresos de los hogares, y por consiguiente la principal fuente de demanda de bienes y servicios destinados al consumo, la marcada desaceleración del crecimiento de los salarios reales creó un problema potencial de insuficiente crecimiento de la demanda efectiva.
Para mantener sus niveles de consumo por encima de lo que les hubiese permitido su ingreso corriente, los hogares recurrieron al endeudamiento. En particular, en la primera década del 2000, cuando se generó una “burbuja” en el sector inmobiliario, los hogares recurrieron al expediente de endeudarse utilizando como colateral la plusvalía en ascenso de sus viviendas, convirtiendo el permanente refinanciamiento de las hipotecas a medida que el precio de las viviendas se incrementaba, en una fuente de aumento en su poder adquisitivo.
Cuando estalló la burbuja inmobiliaria y los precios de las viviendas se derrumbaron, una gran cantidad de hogares se encontraron con deudas por hipotecas que superaban el valor de las viviendas, incapacitados para continuar refinanciándolas, y forzados a repagar las deudas.
Después de la recesión de 2008-09, con las tasas de interés tan bajas y el valor de los activos al alza, los hogares han podido endeudarse de nuevo intentando sostener sus patrones de consumo.
Uno de los ítems del crédito a los hogares que se ha recuperado de manera importante, ha sido el financiamiento para la compra de automóviles, aunque casi un cuarto de los créditos para financiar la adquisición de automóviles corresponde a créditos “sub-prime”, y que la demanda por este tipo de crédito es muy sensible al aumento en las tasas de interés.
Sin embargo, pese a que la economía se ha estado recuperando ya por seis años, impulsada principalmente por la recuperación del gasto de consumo de los hogares, el crecimiento económico ha sido inferior al registrado en la posguerra: la economía creció a una tasa promedio anual de 3.5 por ciento entre 1948 y 2007, pero después de 2008-2009 dicha tasa se ha reducido al 2.1 por ciento.
Este crecimiento tan debilitado refleja el que, aunque el gasto de consumo se ha recuperado, el mismo no puede superar el hándicap de que parte importante de los empleos que se están generando son de bajos salarios y el ingreso mediano real de los hogares en 2014 es todavía inferior al del 2000, impidiendo que dicho gasto vuelva a desempeñar el papel que le tocó desempeñar anteriormente, como poderoso motor de la economía norteamericana y mundial.
Ante una demanda relativamente anémica, se ha debilitado también la propensión de las empresas a invertir.
*Economista