Me encontré el otro día con un excompañero de trabajo de los años ochenta y me comunicó que leía religiosamente mi columna de LA PRENSA y que le gustaba mucho cómo escribía, ¿pero que por qué me centraba siempre en lo espiritual en vez de temas más apremiantes como la política y la economía? Y le contesté que lo hacía por dos motivos: el primero porque sobre eso vivían escribiendo personas muy entendidas y brillantes, mientras que de lo religioso casi nadie lo hacía (por lo menos desde el punto de vista laical); y segundo y más importante, porque para mí, todo lo material estaba supeditado y dependía de lo espiritual. Le dije que podríamos cambiar, revolucionar los sistemas económicos y políticos, pero que si no cambiaba el corazón del hombre, a la postre irremediablemente se fracasaba. No había más que leer la historia universal. Pero para ser totalmente sincero con ustedes mis lectores, escribo principalmente porque creo en lo que escribo, y por eso creo que es mi obligación ante Dios el hacerlo.
No sé si convencí a mi amigo, o a alguno de ustedes mis lectores en este caso, pero su razonamiento me quedó revoloteando en la cabeza y decidí dedicar esta reflexión a este tema, recordando mis tiempos de director de colegio, cuando una madre de varios alumnos me visitó y me reclamó el que a pesar de que tuviéramos seis años (en vez de cinco) de bachillerato en nuestro currículum, dedicáramos tanto tiempo al aspecto espiritual, en detrimento de otras asignaturas más práctica y útiles para el éxito futuro profesional de los muchachos, como eran las matemáticas y las ciencias.
Yo le pregunté que ¿en cuántos años calculaba ella el posible disfrute (o éxito como ella le llamaba) en la vida de los muchachos? y me contestó que de unos cuarenta años. Entonces le pregunté que si creía en la vida del “más allá” y me dijo que “por supuesto”. Entonces le pregunté que cuántos años le calculaba al “más allá” y me contestó que no se podía porque era eterno. Entonces le dije que ella prefería que le dedicáramos más tiempo a unos cuarenta años que a una eternidad, al éxito de cuarenta años que a la felicidad de una eternidad… incluyendo la felicidad del más acá, porque aquí se podía tener éxito profesional pero no necesariamente la felicidad.
La vi titubear desconcertada pero después de un momento de reflexión me concedió la razón.
Y voy a terminar con un cuentecito que una vez oí y que decía así:
Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar en la plaza, que era necesario un cambio en el país. El profeta gritaba y una gran cantidad de gente comenzó a escucharle, aunque más por curiosidad que por interés. Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida.
Pero el profeta seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad. Y pasaban los días. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó: “¿Por qué seguís gritando? ¿No ves que nadie quiere cambiar?” “Sigo gritando —dijo el profeta— porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí”.
La moraleja es que no debemos escribir porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque es nuestro deber, porque creemos en lo que estamos diciendo.
El autor es coordinador de la Ciudad de Dios.
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