Los indiscriminados atentados terroristas, los conflictos bélicos abiertos multiplicándose, las migraciones masivas, la exclusión social, las emergentes confrontaciones en el mundo multipolar, el ominoso cambio ambiental que como nube de tormenta se expande rápidamente por el mundo, son males que hoy afligen a la humanidad globalizada y parecen ser el anuncio de que la historia de confrontación entre las sociedades humanas está resucitando con fuerza.
Cobrando dimensiones nunca antes sospechadas y con posibilidades muy reales, ahora sí, de dar fin al mundo, a la historia tal como la conocemos. Porque hoy parecen estar en riesgo no solo la estabilidad de las sociedades humanas, sino el planeta mismo que ante los cambios climáticos en marcha, se autoajustará sin considerar la conveniencia de los humanos y cambiará hasta nuestra geografía y ecología, llevándose de por medio muchos de los que consideramos grandes avances materiales de la civilización.
Lejanos parecen ya los días de hace apenas 25 años en que se anunciaba el fin de la historia y en que de manera optimista se pensaba que al desaparecer los bloques y las ideologías en conflicto durante la “Guerra Fría”, una era de paz y democracia se implantaría en el mundo, siguiendo el modelo político-económico norteamericano.
La era de paz y estabilidad ha desembocado en profundas crisis económicas financieras que están generando fuertes tensiones sociales en los países desarrollados, quiebras y fusiones de grandes empresas, pérdidas de credibilidad en los sistemas financieros y en la seriedad de las empresas insignias, valga como ejemplo el caso de Volkswagen con el fraude de las emisiones de gases contaminantes, el alto desempleo resultante, los ajustes fiscales con grave deterioro de los servicios públicos, médicos, educativos, las pensiones de los viejos.
Una juventud desencantada y desempleada que busca nuevos caminos, pero al momento solo encuentra el desahogo a su frustración en agresiones y rechazo a un sistema que siente le expulsa, pero no vislumbra alternativas constructivas. Unas sociedades que parecen haber perdido la razón de existir y que pueden desmoronarse desde adentro.
Los últimos y crueles atentados yihadistas en París son altamente sintomáticos. Se esperaría que los líderes de las potencias del G20, las economías más desarrolladas del mundo, reunidos en estos días en Turquía, plantearan medidas concretas para enfrentar esta amenaza que pone en riesgo la seguridad global.
Pero no parece ser así, emitieron un anodino comunicado de condena al terrorismo y condolencias a las víctimas. Los intereses ocultos o semiocultos de cada potencia —sean Musulmanas, Occidentales, Orientales— detrás de los grupos en conflicto parecen pesar más que la búsqueda de alternativas a la paz. El Estado Islámico goza de grandes recursos que le permiten llevar adelante su guerra y el terror. La gran pregunta es ¿De dónde procede ese dinero? No podemos ser ingenuos de que las potencias lo ignoren y sean incapaces de tomar medidas para impedir el financiamiento de los grupos ¿Quién les compra el petróleo y el gas producido en los territorios controlados por ISIS?
A mi entender, ISIS es un grave peligro, pero más peligrosos son los intereses contrapuestos de las potencias, en escenarios bélicos, una chispa puede encender un conflicto de dimensiones inconmensurables, tal como ocurrió en la Primera Guerra Mundial. En el 2015 vivimos un equilibrio muy precario. La seria crisis de los millones de refugiados en Europa y Oriente Medio, puede también prender la chispa.
Sumemos a esto los fenómenos climáticos extremos que están asolando el mundo y que parecen entrar a una etapa irreversible, sean por efecto de la actividad humana —altamente probable— o por ciclo natural. Lo cierto es que los modelos indican que el mundo natural cambiará rápidamente y nuestros nietos vivirán en un mundo muy distinto y más exigente.
¿Privará la cordura o nos deslizaremos al abismo de la indiferencia y el egoísmo que nos llevarán al caos? Francisco ha llamado al cuidado de la “Casa Común”, subsisten pocas voces éticas en este mundo. Deberíamos escucharlo. Queda clamar con Rubén: “¡Oh Señor! El mundo anda muy mal. La sociedad se desquicia”.
El autor es sociólogo.