En Nicaragua, la libertad de expresión y el periodismo viven sus horas más bajas en años. El pasado miércoles 11 de noviembre, en las cercanías de la Rotonda Rubén Darío; varias personas identificadas con camisetas de los movimientos Fundación Forjando el Futuro Nicaragüense (Fortunic) y Resistencia Juvenil por la Dignidad Nacional” (Rejudin), protagonizaron un bochornoso acto de violencia donde golpearon y asaltaron de manera inmisericorde a periodistas de diversos medios de comunicación, entre ellos dos colegas de LA PRENSA: Emiliano Chamorro Mendieta, editor de la sección Religión y Xochilt Gutiérrez, del área televisiva de este rotativo.
La agresión a un periodista es siempre una estocada a la libertad de expresión. También es un golpe bajo a los ciudadanos, quienes poseen el derecho constitucional de informarse y ser informados. La Constitución, tanta veces mancillada en la patria, vuelve a ser pisoteada al no respetarse el ejercicio irrestricto de la libertad de prensa.
Paralelo a los vejámenes que sufrieron varios comunicadores, están los sufridos por simpatizantes de partidos de derecha y oenegés que protestan todos los miércoles en las cercanías de Plaza El Sol, pidiendo transparencia electoral en los comicios generales de 2016. En este caso, dos diputados de la bancada de oposición en la Asamblea Nacional sufrieron los embates de jóvenes encapuchados, armados con morteros y palos.
Como cristiano, ciudadano y comunicador católico, deseo hacer llegar mi más enérgica condena a los actos de violencia a los que fueron sometidos los colegas. No se puede tapar la verdad agrediendo periodistas.
Las agresiones físicas, psicológicas y el hurto son un delito; y tanto la Policía nicaragüense, así como el Ministerio Público y el poder judicial deben realizar la debida investigación para poner tras las rejas a los vándalos que atacaron a los medios de comunicación; sin importar si eran oficialistas, opositores o independientes.
Cuando se agrede a un periodista o un medio de comunicación; todos los comunicadores nos unimos; sin importar para el medio en que trabajamos; porque la libertad de expresión es sagrada e inalienable a todo ser humano.
Estos casos de violencia contra los periodistas no pueden ni deben quedar en impunidad. Más cuando estamos en antesala de un año electoral, donde se prevé se caldeen aún más los ánimos y la polarización política extrema que vive el país desde hace años. Ante este panorama, los periodistas nos veremos aún más expuestos a realizar nuestro trabajo, y es por ello que hay que exigirle a los partidos políticos, a la Policía y movimientos que respeten a los comunicadores y su labor informativa.
No deseo terminar estas breves pero concisas líneas sin antes hacer un llamado a la dirigencia de Fortunic y Rejudin: Señores, devuelvan lo robado, pidan disculpas al gremio periodístico por el daño de equipos y su actuación barbárica.
También, apelaré a mis conciudadanos: ¡Por favor! No seamos indiferentes ante las agresiones a los periodistas y medios de comunicación.
Pidámosle a Dios, Señor de la historia, nos ayude a construir un país distinto, sin violencia y en paz. ¡Así sea!
El autor es periodista católico.