No recuerdo haber leído un solo pronóstico que le diera a los Yanquis oportunidad de pelear en la División Este de la Liga Americana. Los más optimistas vaticinios hablaban que debían situarse de la mitad para abajo en el sector.
Sin embargo, el 28 de julio los Yanquis (57-42) estaban siete juegos encima de Baltimore (50-49), en aquel momento, su más cercano perseguidor. Toronto (50-51) a ocho juegos, parecía en ruta a otra campaña mediocre.
Pero los Yanquis perdieron el ritmo, al extremo de acumular 30-33 en el resto del trayecto. El problema fue que Toronto agarró fuego y sus refuerzos dieron forma a un club que probablemente irá a la Serie Mundial.
Aún con eso, los Yanquis se agarraron de un boleto de comodines, aunque solo para ir a perder con los Astros. No obstante, si se observa sin apasionamientos, se podrá ver que el equipo voló por encima de las expectativas.
Lo que ocurre es que a los Yanquis se les suele medir en relación con su historia. Y ningún equipo, en ningún deporte, es capaz de mantenerse arriba por siempre. Los altibajos son inevitables.
Este es un equipo que no tuvo a Mark Teixeira en los últimos meses. Que dispuso de Masahiro Tanaka y Michael Pineda solo en algunas etapas y que perdió Nathan Eovaldi, lo más parecido a un “as”, justo en la recta final.
Además, en el beisbol raras veces los cambios se dan de forma rápida. Y reconstruir un equipo y a la vez mantener un balance ganador, no es tarea fácil. Los Yanquis están en esa fase. Eso lo hicieron este año.
Aún con su breve paso por el playoffs, se vio parte del futuro ahora. Luis Severino, Greg Bird y Rob Refsnyder, están al frente de una ola de prospectos que junto a los viejos, deben volver a pelear, mientras se van renovando.
Ver en la versión impresa las páginas: 12 B