Leer Los naufragios del desierto de Zingonia Zingone ha sido como abrir un estuche precioso del que fui sacando, con asombro, raras piezas de filigrana. De una en una las tomé en mis manos y vi que cada joya engarzaba a la perfección con la siguiente hasta formar entre todas una hermosa y rara guirnalda.
En esta guirnalda espiritual, en la que el amor es el hilo conductor, se entretejen con elementos tomados de las culturas de oriente, árabe y judeocristiana la búsqueda del amor, el abandono y el desamor, el paso del tiempo, el poder y la soledad del poder; así como el descarrío, la violencia y el odio que anida en el corazón humano.
En El oráculo de la rosa, primera sección del poemario, Zingone reflexiona sobre el anhelo de amor y la angustia por cumplir este anhelo. También, lo infructuoso de querer encontrarlo en los senderos de la lujuria y la saciedad física, y la soledad que esto conlleva. Incluye el desconocimiento de la esencia del amor, del misterio del amor y la desolación que nos embarga por no encontrarlo, así como la nostalgia de ese amor que buscamos.
La antítesis del amor es el poder. El poder es la corona de tallos de rosas entretejidos, porque la adulación y el servilismo son como aroma de rosas, pero, a la vez, la soledad absoluta del poderoso en medio de adeptos y detractores, de amigos, de hipócritas o indiferentes, es corona de espinas. La saciedad del poder y el vacío que lo rodea lleva al poderoso a refugiarse en la disipación. El poderoso, como Sísifo, soporta la carga de su malvada libertad y la padece. El peso del poder es una cruz donde el poderoso tiene clavadas las alas de su libertad personal. La cúspide está rodeada de insidias.
El amor es un misterio y también lo es la mujer. Khalil sabe “que la mujer es misterio velado”, es decir, un doble misterio, pero él es un hombre del desierto, un nómada y su ira y sus tormentas interiores se resuelven “en la danza de las huríes”, en la disipación de la bebida, en la “desquiciada alegría”, para acallar el conflicto que siente entre la adulación y el vacío y la soledad que se apoderan de él. En el suelo se acumulan peticiones y favores, y desoye al ángel guardián; lo hace a un lado cuando este le dice:
hay engaño y maldad y hambre
hay tanta desventura ¿por qué
no te bates por la humanidad?
¿por el amor verdadero?
(Poema VI)
El príncipe se ajusta la coraza y lucha en contra de sí mismo, “maldice la farsa y sus espíritus negros” porque quiere vencer la batalla,/pero no sabe cómo. (Poema VI). En el desierto de la vida, busca las respuestas a su desasosiego en el gran libro de la sabiduría. Khalil anhela conocer la verdad, pero se angustia ante las trampas del poder. Busca la pureza, persigue “un albor” que no se sabe dónde ni en qué momento “la noche se tragó”. Persigue el sosiego. En busca de la verdad, Khalil … No es Sísifo, ni rey, es un espectro. (Poema IX)
Finalmente llega la visión. Esta visión es el amor, es “un cuerpo sin alas” que desciende./Se aloja en el costado sigiloso del tiempo. Es la “gota de cielo”, quizás la “mensajera de los dioses”, Luna Virgen Nube. Candor de los candores. (Poema XI)
Al descubrimiento del amor, y a su consumación, Sigue el silencio. (Poema XIII). Pero, el amor conlleva dudas y temores, porque el camino del amor “es un pedregal”:
Él teme perderse
perdiéndola.
Intenta acercarse, pero algo lo detiene. (Poema XIV)
Khalil ruega al Amor:
Que yo rechace todo error;
camine vestido de pura claridad. (Poema XIV)
Luego viene la aceptación del amor:
Baja la noche.
Sube la luna, limpia, llena,
abierta.
En diagonal al vacío, el sosiego,
la reconciliación del universo.
(Poema XV)
Las campanas
de la memoria
En la segunda sección, Las campanas de la memoria, aparece Soraya, una niña a la que han robado su inocencia, violada por Shaytan. Aquí se muestran, vívidamente y expresadas con gran fuerza, la violencia sexual, el peso de la violación y sus secuelas, y la memoria del horror:
En una esquina de la noche
una niña abraza sus piernas,
se balancea en trance y llora.
Las lágrimas bajan
por los costados del cuerpo,
caen sobre la calle empolvada
de un invierno sin lluvia.
Monstruos afloran
con rostro de hombre,
…
(Poema I)
Soraya tiene ojos de carbón.
Su cuerpo fino lleva el peso
de una infancia
manoseada por el destino.
La casa es su tumba;
el murmullo de la gente, su muerte.
…
Soraya danza en la tarima
para fugarse de sí
y arrancar los clavos empotrados
en la carne de su memoria.
Y el mayor horror: es el padre quien ha violado a la hija:
La risa entre los dientes, los dientes
entre los muslos; la punzada del asco
en la grieta que conduce al alma.
El salvaje clava su lengua de espuma
y tabaco en la garganta del ángel,
impide su llanto el aullido
del terror. Un brusco salto,
un tétrico gruñido:
costra que tapa muerte en vida,
llaga sangrante.
(Poema IV)
Sin hacer concesiones, Zingone no solo denuncia el hecho brutal de la violación, sino que, asimismo, señala que esta ocurre con el consentimiento de los demás: Cerca se escucha el aterrador silencio de la complicidad. (Poema IV)
El camino que le queda a Soraya es el del amor sórdido y triste, del amor que se vende. Soraya se prostituye, y a la vez lucha en contra de su propia memoria, de la memoria del padre:
Soraya vende su cuerpo, compra
alegría. Vende alegría, compra
olvido. Exorciza el presente
clavándose a la cruz de la lascivia,
mártir del placer y del vahído.
Erotismo fantasma la habita
y la ahuyenta, semilla catapulta
que la trajo a este mundo.
(Poema V)
Sin embargo, el encuentro de Soraya con un mendigo ciego le revela su humanidad; es el reencuentro con su condición de persona, porque este mendigo “es el primer hombre que no la mira” y “es el primer hombre que la ve”. (Poema VI)
Soraya es redimida por la compasión del mendigo. Por primera vez, reconoce su dignidad humana: callada retorna/la luz de la infancia […] bombilla reparadora/del albor secuestrado. (Poema VI).
En el diálogo con el mendigo, Soraya reconoce el horror de su vida, de lo sórdido de su vida, y se rebela: ¿Cómo/despintarse los labios de la carne/mordida? ¿Cómo repeler al sátiro/que mora en el hombre? (Poema VII)
RÍO ESCONDIDO
La tercera sección, Río Escondido, nos muestra otro aspecto del amor: el amor de la madre por el hijo, al que protege de todos los peligros; y la inocencia de la infancia personificada en Bâsim, el niño que cuida el sueño de la lagartija, y que va a ser atacado por un alacrán que la madre, como un relámpago, aparta. Bâsim no entiende qué ha pasado, la madre sí. Bâsim es amado por su madre.
NUESTRA PROPIA IMAGEN
Este hermoso poemario, esta exquisita guirnalda tejida por las manos expertas de Zingonia Zingone es también un espejo que nos devuelve nuestra propia imagen. Nos reconocemos en Khalil, en Soraya y el mendigo sabio, en Bâsim y su madre, porque todos caminamos errabundos e indefensos en el desierto de la vida en donde día a día convivimos con el amor, el sufrimiento, la alegría, la violencia, el odio, la tristeza, la esperanza, la soledad, la indiferencia, el abandono, la desesperación y la muerte, y nos interrogamos sobre el significado de nuestra existencia. En el desierto de la vida todos somos náufragos.
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