La potencia de sus puños y la procacidad de sus palabras, fueron convertidas por Ricardo Mayorga en temibles instrumentos de ataque. De ahí se agarró para saltar de la nada a la notoriedad. Ahora viene en sentido contrario.
Forjado entre conflictos de toda dimensión y alivios momentáneos, entre la rabia de quienes lo aborrecen y el afecto de quienes lo estiman, Mayorga alcanzó la cúspide del boxeo, pero no pudo sostenerse y se vino de bruces.
Siempre me he preguntado, qué habría sido de Mayorga con un boxeo menos enmarañado, un vocabulario menos vulgar y una vida más ordenada. Es decir, un señor humano con un poco más de cultivo y civilidad.
Y cuando se lo pregunté una vez en Las Vegas, mientras se preparaba para enfrentar a Oscar de la Hoya, contestó con molestia que así era él, que el que lo iba a querer, lo haría así, con sus actitudes y sin máscaras.
Jamás he aprobado nada de lo que hace Mayorga, sobre todo fuera del ring, pero les aseguro que sus acciones no me provocan estrés. Desde hace mucho, decidí tomar lo bueno que había en él, así como en cualquier persona.
Cuando en su triste pelea ante Mosley, la fatiga y la derrota asomaron por sus ojos, solo pensé en que no debió volver a subir a un ring. Ya no hay poder en sus puños y ni fuego en sus entrañas.
Pero este es el tipo que un día destruyó el reinado de Vernon Forrest y que puso de pie a la clientela del Madison Square Garden, mientras soportaba sin oponerse, tontamente el castigo de Tito Trinidad en su cara.
Ahí probó que no estaba listo para manejar la grandeza, a la que se asomó casi tan rápido como se bajó, o lo bajaron, más que rivales, sus propias limitaciones.
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