Las agencias internacionales de noticias informan todos los días, con datos espeluznantes, sobre la violencia criminal que azota a El Salvador.
En las últimas semanas y días, la violencia criminal en este país ha llegado a su pico más alto desde que terminó la guerra civil salvadoreña, la cual comenzó en 1980 alentada desde Cuba comunista y la Nicaragua sandinista y terminó con los Acuerdos de Paz de enero de 1992.
Todavía con mayor dramatismo, la prensa nacional salvadoreña refleja la situación de desbordada violencia criminal que sufre el país. Una situación que Rodrigo Ávila, exjefe de la Policía Nacional y actual diputado por el principal partido de oposición, el derechista Arena, ha calificado como “calamidad y tragedia nacional”.
Según El Diario de Hoy, “entre el domingo y el martes pasado se registraron 125 homicidios ( ) a razón de un promedio de 42 crímenes por día”. El ministro de Justicia y Seguridad Pública declaró que “la gran mayoría de los que han muerto en los últimos días son pandilleros”, pero no demostró su afirmación. De allí que el periódico mencionado reclamara a las autoridades, información precisa acerca de cuántas víctimas de la matanza eran pandilleros, o si tenían algún nexo con los grupos criminales y murieron por las luchas entre pandillas rivales, y cuántos de los muertos son ciudadanos honrados, víctimas inocentes de la vorágine de violencia.
Sin embargo, independientemente de la filiación de las víctimas el hecho esencial es que todas son personas humanas y ciudadanos salvadoreños. La tragedia de la desbordada violencia criminal en El Salvador afecta a todos los salvadoreños y, por extensión, a todos los centroamericanos. Y lo mismo se puede decir de la situación de Honduras y Guatemala, donde los niveles de criminalidad en este momento no son tan altos como los de El Salvador, pero no por eso dejan de ser alarmantes.
El desborde de la irracional violencia criminal en El Salvador ha preocupado incluso al papa Francisco, quien el 9 de agosto corriente la deploró compungido y llamó a todos los salvadoreños a unirse en la esperanza y en la oración, para lograr que “en la tierra del beato Oscar Romero” haya la paz, la tranquilidad y la seguridad que merece esa pequeña parcela centroamericana.
En este orden, el antes mencionado periódico Diario de Hoy ha criticado que aparte del pronunciamiento del jefe de la Iglesia católica mundial, “la comunidad internacional no ha hecho lo que corresponde para que El Salvador, como Honduras y Guatemala, logren vencer la criminalidad organizada No ayuda en nada —sostiene el periódico salvadoreño— que organismos internacionales sigan prestando dinero a El Salvador, que solamente lo empujan a la insolvencia a lo Grecia”.
Más específica, la Asociación Salvadoreña de la Industria (ASI) ha exhortado al Gobierno a que defina una estrategia de lucha efectiva contra el crimen, en la cual se involucren todos los sectores sanos de la sociedad, pero comenzando por coordinar las acciones de la instituciones estatales de seguridad y justicia.
La sangrienta violencia política del siglo pasado en Centroamérica tuvo graves consecuencias regionales. Ahora la violencia criminal que azota a los países del norte podría extenderse también a los vecinos del sur.
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