A pesar de la fuerte represión policial del miércoles pasado, contra los ciudadanos que reclamaban elecciones libres y limpias, al día siguiente otro grupo de personas se plantó en el mismo sitio y con igual reclamo frente a la sede central del Consejo Supremo Electoral (CSE). Por su parte, los dirigentes del PLI, MRS, Coalición Nacional por la Democracia y otros grupos políticos que sufrieron la represión del miércoles 8 de julio, anunciaron que no suspenderán por eso las protestas de los miércoles y que más bien las van a arreciar.
Es admirable —y merece ser más respaldada por la ciudadanía— la voluntad de esas personas que no se dejan atemorizar por la represión ni desmayan en la lucha para que en Nicaragua vuelva a haber elecciones auténticas, es decir, libres, justas y limpias.
Para ser verdaderas y aceptables, las elecciones deben asegurar que el acto de votar se vincule indisolublemente con el de elegir. Esto significa que las elecciones deben garantizar el derecho de escoger libremente entre programas diferentes y entre distintos candidatos, asegurando así el cumplimiento del derecho electoral y la vigencia de las libertades y los derechos políticos.
Las elecciones del 25 de febrero de 1990 merecieron el reconocimiento de la comunidad internacional, porque fueron competitivas y abrieron el camino a la democracia en Nicaragua. Aquellas elecciones han sido la conquista política más trascendental del pueblo nicaragüense, en su largo peregrinar en busca de la democracia que comenzó desde principios del siglo XIX, con las luchas por la independencia nacional.
Lamentablemente, por diversas razones que no es del caso ni es posible enumerar en este espacio editorial, la conquista histórica de las elecciones libres y competitivas de 1990 se perdió, apenas 16 años después. Pero no se perdió para siempre. La nueva dictadura no es irreversible, ni invencible, del mismo modo que en el pasado no lo fueron las dictaduras de Zelaya, de los Somoza y del mismo Daniel Ortega en el año noventa.
Pero ninguna dictadura cae por sí sola. Hay que hacerla caer. U obligarla a ceder y negociar con las fuerzas de la oposición, una salida pacífica y una transición democrática por la vía cívica por excelencia, que es la realización de elecciones justas, limpias y competitivas.
En esa lucha están empeñadas actualmente la oposición democrática y las distintas expresiones de la sociedad civil que participan en los miércoles de protesta, las cuales cuentan con el respaldo explícito y la simpatía de otros sectores sociales, aunque por ahora no se atrevan a decirlo.
Es muy importante que las protestas de los miércoles y las que realizan en días distintos de la semana otros grupos que no quieren juntarse con los demás, continúen y aumenten su fuerza a pesar de la falta de recursos para la movilización y no obstante la represión de la Policía y de las pandillas de choque de la dictadura.
Lo mejor sería que todos esos grupos se unieran en una sola fuerza. Pero no importa si no lo hacen todavía. Ya llegará el momento en que todos confluyan en la misma corriente, porque el objetivo es el mismo y la reconquista del derecho a tener elecciones libres, limpias y justas es un imperativo histórico nacional.