En los próximos 35 años la sociedad predominantemente joven que hemos experimentado hasta hoy en Nicaragua dará pasos, con bastante rapidez, a una sociedad crecientemente envejecida. La cantidad de niños menores de 15 años se habrá reducido en 529 mil, el número de personas jóvenes —definidas como la población de entre 15 y 29 años— se habrá reducido en 233 mil. En marcado contraste, la cantidad de personas de 60 años y más habrá aumentado en un millón 195 mil.
Para entonces, el número de adultos mayores habrá sobrepasado al de personas jóvenes. El grado de envejecimiento de la sociedad nicaragüense será similar al que exhiben hoy, en promedio, los países europeos.
Nuestro país se ha adentrado bastante en la fase de la transición demográfica más favorable para el desarrollo económico —la fase del bono demográfico—, pero está lejos de estarla aprovechando. El aprovechamiento pleno de los bonos demográfico y de género implica un círculo virtuoso entre el rápido crecimiento de la fuerza de trabajo, características de esta fase, y la creación de empleos de alta productividad y bien remunerados.
Sin embargo, en lugar de ello, nuestro país se encuentra atrapado en un verdadero círculo vicioso entre un nivel muy bajo de escolaridad de la fuerza de trabajo, y una economía poco diversificada, de alta heterogeneidad que genera, principalmente, empleos precarios e informales, de muy baja productividad, que demandan muy poca calificación.
Si no se consigue romper este círculo vicioso, la oportunidad representada por los bonos demográfico y de género se habrá perdido para siempre, y el país arribará a la fase del envejecimiento poblacional con un ingreso per cápita totalmente insuficiente para hacer frente a los enormes costos y desafíos que este proceso trae aparejados.
Para ser más claros: el aprovechamiento pleno del bono demográfico y de género requiere un proceso de diversificación del aparato productivo hacia nuevas actividades de alto dinamismo, que signifique que la fuerza de trabajo —que está creciendo con fuerza— encuentre ocupación en actividades económicas de cada vez mayor productividad, cada vez más intensivas en conocimiento.
Este proceso de cambio estructural es lo único que permitiría el crecimiento simultáneo del empleo y la productividad a lo largo de varias décadas consecutivas, y haría posible obtener las tasas de crecimiento del PIB per cápita indispensables para alcanzar los niveles de desarrollo requeridos, en los plazos adecuados.
Obtener un crecimiento sistemático de la productividad y del PIB per cápita a tasas aceleradas, a lo largo de las próximas décadas, es la única manera en que un número más reducido de personas en edades productivas será capaz de generar los (crecientes) recursos necesarios para sostenerse a sí mismas, incrementando su nivel de vida, y a la vez sostener niveles de vida también crecientes para el número en ascenso de adultos mayores.
El crecimiento del producto per cápita depende del crecimiento del número de trabajadores ocupados como porcentaje de la población total (la tasa de empleo global) y del crecimiento del producto medio por trabajador (es decir, del crecimiento de la productividad).
Dado que en las próximas décadas el crecimiento de la tasa de empleo global se desacelerará, y eventualmente declinará como resultado del propio proceso de envejecimiento, la única manera de lograr el crecimiento sostenido del producto per cápita será compensando dicha disminución, a través de un incremento sostenido de la productividad media.
Pero, como hemos visto, esto solo será posible si se promueve un proceso de permanente diversificación de la economía. Un crecimiento acelerado del PIB per cápita por un período prolongado no carece de precedentes, pero históricamente solo ha ocurrido en muy pocos episodios. Este logro extraordinario ha sido el resultado de políticas sumamente activas de promoción del cambio estructural.
(*)Economista
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