El peso del coronel
Durante el gobierno de Somoza, el cargo más apetecido por los oficiales de la Guardia Nacional era el de jefe de Tránsito de Managua. Era una mina de oro. Y se daba por tiempos prudenciales para que alguien hiciera fortuna con lo que se conoció popularmente como “el peso del coronel”. Funcionaba más o menos así: en las entradas a la ciudad había casetas de la Guardia donde se colocaba, como quien no quiere, una alcancía en la que los ayudantes de los buses y camiones que llegaban a la capital depositaban “voluntariamente” una coima para poder circular libremente. No era multa. No era impuesto. Era un pago al “jefe” para no tener problemas.
El peso del comandante
Esta semana me tocó entregar mi “peso del comandante”. Para nadie es un secreto que de un tiempo para acá, la Policía anda en un despiadado plan recaudatorio. Cuando les empezó a faltar el dinero, descubrieron que la Policía de Tránsito puede volverse muy rentable. Y andan repartiendo multas a diestra y siniestra, como si a los agentes les pusieran cuotas para sacar el día o dieran premios al que más dinero recoja. Había oído de tantas multas “por puro gusto” y con honestidad uno piensa que el multado siempre alegará eso, hasta que le toca a uno. Un policía me detuvo hace un par de días alegando que me tiré un semáforo “con la luz preventiva”. Estaba en verde, pero no es mi intención convencer a alguien de si era verde o amarilla, sino exponer la necesidad que muestra la Policía de poner multas bajo cualquier pretexto. Y siempre será su palabra contra la mía. Aproveché para decirle al agente, de buenas maneras, la vergüenza de Policía en la que se han convertido, y aquí estoy, multado, listo para dar mi peso al comandante Ortega que aparentemente está muy necesitado para seguir comprando sus camisetas, sembrando arbolatas y megarrótulos en los que está acostumbrado a gastar el dinero ajeno.
Tarjeta alegre
Cuando doña Violeta Barrios de Chamorro asumió la Presidencia, Daniel Ortega le entregó un país con una deuda externa por el orden de los 12 mil millones de dólares. Con condonaciones y negociaciones, doña Violeta bajó la deuda hasta seis mil millones de dólares y siguió bajando en los otros gobiernos hasta cuando Bolaños le entrega otra vez a Daniel Ortega un país con tres mil millones de dólares en deuda externa. ¿Adivinen qué? En estos años Ortega ha colocado la deuda externa cerca de los niveles en que la dejó la vez pasada. Ya se deben diez mil millones de dólares, y sigue creciendo como si quisiera romper su propio récord. Es que Ortega es un “tarjeta alegre”, todo lo pide al fiado, no le importa endeudar al país hasta en absurdos tales como unos aviones de combate, seguro de que serán otros gobiernos los que se encargarán de limpiar la tarjeta de crédito que él deja siempre “al tope”.
Métodos
Yo veo feo esto. ¿Por qué la Policía está recurriendo a métodos de investigación cavernarios, donde supuestamente se consiguen confesiones con tortura, y donde no hay ley que proteja los derechos de los sospechosos? ¿Es por ineficiencia? ¿Se ha reducido la capacidad investigativa de la Policía al punto que ya no resuelve nada sino es al golpe y la patada?
Consejos
¿Qué recomienda la comisionada Aminta Granera que haga un ciudadano si algún día le salen unos encapuchados, de civil, que por la fuerza quieren secuestrarle? ¿Que se deje llevar? ¿Que se defienda? Si está armado el ciudadano, ¿que les dispare? ¿Cómo vamos a distinguir al policía del delincuente, comisionada, si llegan sin orden judicial, a patadas y trompones, de civiles y con capucha? O es que debemos entender que la capucha, el secuestro y la desaparición son ahora potestades exclusivas de la Policía? ¿Qué nos aconseja, comisionada?
Cuentos
La Policía Nacional ha cruzado una raya muy peligrosa, desde donde es muy difícil el retorno a los cauces del profesionalismo. La partidarización de sus filas, la extorsión y recaudación como práctica, digamos, “empresarial”; la capucha, el secuestro y la tortura como medios, digamos otra vez, de “investigación”, y ahora, el gran clavo, cuando esos desaparecidos aparecen muertos en sus celdas. Suicidados. Es que si vamos a creer en estos suicidios también debemos creer que los muertos por la “ley de fuga” de Somoza estaban tratando de fugarse, o que los aparecidos en la Cuesta del Plomo murieron por accidente. Ya no estamos para creer cuentos de Caperucita Roja.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A