La multitud de accidentes mortales en nuestras vías es una preocupación ciudadana. Todos estamos expuestos a sufrir por la temeridad de conductores que se comportan como verdaderos salvajes irrespetando leyes, peatones y todo lo que se mueva.
Tanto organismos de la sociedad civil como la Policía buscan explicar las razones de este fenómeno que afecta no solo las vidas de familias enteras sino que también tiene un impacto directo a la economía del país, el sistema de salud, etc.
Recientes entrevistas apuntan a la falta de Educación Vial como una de las causas más obvias. Irrespeto a las leyes y señales de tránsito por parte de conductores y peatones, irresponsabilidad y temeridad en la conducción son la norma diaria, generando un caos vial que resulta en accidentes de todo tipo, muchas veces a la vista y paciencia de agentes de Tránsito cuya única función, aparentemente, es emboscar a los conductores para aplicar multas a granel.
Se ha generalizado la ominosa práctica del pago de mordidas para evitar el retiro de la licencia, fomentando una corrupción rampante e impune; los propios agentes de Policía no cumplen con las normativas como el uso obligatorio del casco en las motos; se da por sentado que los buses, taxis y especialmente motos se salten el semáforo en rojo, con los consecuentes riesgos para los demás conductores, sin que los agentes de tránsito apliquen las sanciones correspondientes. Es el reino total y absoluto de la ley de la selva, la del más fuerte. Y aquí es el punto al que quiero llegar.
En mi opinión, en todo este caos subyace la cultura del “macho”, del “arriesgado y atrevido”, del “vivo”. Saltarse el semáforo en rojo es una muestra de valentía para el conductor de turno que alardea con los amigos sobre su hazaña, o muestra su hombría ante su novia. Avanzar zigzagueando entre el denso tráfico y los embotellamientos es una muestra de lo que es capaz un “verdadero macho” a bordo de una moto. Lucir el casco como brazalete o como casquete demuestra su valor y su poco apego a la vida, aunque a la hora en que ocurre el accidente con sus fatídicas consecuencias llore lágrimas de sangre, o lamentablemente pierda la vida.
El abuso generalizado del licor se encuentra también presente en la mayoría de los accidentes, especialmente los de fin de semana. Ningún “hombre” que se precie dejará que otro conduzca, aunque él no pueda tenerse en pie.
Las estadísticas muestran que la mayor parte de los accidentes involucran jóvenes entre 25 y 35 años, casi todos varones.
La poca educación general, el yo—que—pierdo nacional, la impunidad rampante, la indisciplina de que se hace gala en cuantas actividades realizamos, aunadas a un machismo que no hace sino crecer especialmente entre los más jóvenes, son un cóctel de imprevisibles consecuencias que nada bueno pueden traer al país.
El incremento del parque vehicular no ha tenido, especialmente por parte de las autoridades, una correspondencia responsable en forma de Educación Vial obligatoria, mejora en la señalización de las vías, incremento de espacios de circulación y estacionamiento, campañas de concientización sobre el respeto al peatón, creación y mejoras de áreas de circulación para estos, etc. Incrementar las multas como medida fundamental no conlleva ni educación vial ni respeto por las leyes; lo único que genera es más corrupción y abusos. Se necesitan campañas intensivas de prevención, cursos de alfabetización vial, aplicación igualitaria y transparente de la ley, una Policía proba y educada, no corruptible, que recupere la confianza y el respeto de la ciudadanía.
La Educación integral, igualitaria y de calidad, es el instrumento que marcará la diferencia entre caos y civismo.
La autora es arquitecta.
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