¡Qué fracaso! El mesías, Jesús de Nazaret, había sido crucificado como cualquier criminal, mostrando así su impotencia y la vacuidad de su mesianismo. ¿No era absurdo, acaso, que alguien que supuestamente resucitaba muertos, no se hubiese salvado a sí mismo? Ante los ojos de sus contemporáneos la muerte de Cristo debió significar su derrota total. El pueblo, además, le había dado la espalda. Tras recibirlo entre vítores en Jerusalén, escasos días antes, un populacho, manipulado por el Sanedrín, había pedido a gritos su crucifixión a cambio de la liberación de un asaltante. El colmo es que hasta sus discípulos le habían abandonado. Desilusionados, como lo testimoniaron algunos camino a Emaús, muchos de ellos “teníamos la esperanza de que él sería el que había de liberar a la nación de Israel”.
El caso, sin embargo, que sigue desconcertando a los historiadores, es que un grupito de seguidores alegó que había visto a Jesús resucitado. ¿Fue un engaño, urdido y mantenido en secreto por una docena de ellos, o el resultado de una psicosis colectiva? El hecho objetivo es que dedicaron a proclamar su versión a costa de persecuciones y de sus propias vidas.
Aún más extraño fue la eficacia de este grupito, carente de recursos y poder alguno. Ridiculizados por los atenienses, rechazados por los judíos y perseguidos duramente por el imperio romano, trescientos años después serían la religión más influyente de la antigüedad. Es cierto que Mahoma, siglos más tarde, expandiría su religión con rapidez vertiginosa por el norte de África y todo el Medio Oriente, pero su método, a diferencia del pacifismo de los mártires cristianos, sería la espada; como lo fue el de Alejandro Magno o Gengis Kan.
Tras la caída del imperio romano el cristianismo siguió expandiéndose por Europa gracias a la labor incansable de sus misioneros. Surgió así una nueva civilización que marcaría para siempre el camino de la humanidad y cuyas consecuencias positivas no dejan de causar asombro —a despecho de quienes solo quieren ver negro y votarían quizás por Barrabás—.
La mayoría de los historiadores reconocen la influencia del cristianismo en la humanización de las costumbres, el fin de la esclavitud, la preservación y cultivo del saber antiguo, la invención de las universidades, el desarrollo extraordinario del arte y la arquitectura, el concepto de los derechos humanos, e incluso —según algunos— del capitalismo, la democracia y la libertad.
Quizás no siempre sea manifiesta la influencia cristiana detrás de estos y muchos otros desarrollos, pues esta religión no propuso jamás un programa de reformas institucionales concretas. Por ejemplo, en ninguna parte Cristo hizo referencia a la esclavitud. Pero al cambiar el concepto del hombre; al reconocer la dignidad de los más aplastados y exaltar la caridad, plantó la semilla de transformaciones profundas que llegarían a permear las ideas políticas y el color de las instituciones.
Uno de los documentos más reveladores de la visión cristiana sobre la esclavitud es la cortísima carta del apóstol Pablo a Filemón. En ella le pide sencillamente que acoja como hermano a su esclavo prófugo, Onésino: “Te lo envío de nuevo es el hijo de mis entrañas recíbelo como si se tratara de mí mismo”. Sin despotricar contra la institución de la esclavitud, pero considerando a Onésino y con él a todos los esclavos como hermanos, el cristianismo sembraba la semilla de una visión del hombre opuesta a la opresión y que se manifestaría más tarde en numerosos pronunciamientos papales y, modernamente, en el movimiento abolicionista y pro derechos civiles para todos los ciudadanos.
Viendo a Cristo en la cruz, era difícil pensar que se trataba de un triunfo.
El autor es Sociólogo, fue ministro de Educación.
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