El resultado de lo que conquistamos o dejamos ir en la vida se define por nuestras decisiones, y en consecuencia nuestros éxitos y fracasos serán la suma de los aciertos y errores que acumulemos. Podemos ser soñadores e idealizar, podemos desde nuestro corazón tener los mejores proyectos, pero nunca dejará de ser un sueño si antes no trazamos la ruta más segura para llegar a puerto.
Los nicaragüenses siempre hemos sido soñadores, y eso no está mal, porque el sueño es la antesala de la conquista. Lo malo es que hemos pretendido lograrlo perdiendo de vista que el centro de los anhelos está en el corazón y no en la fuerza e independientemente de quien la ejerza o la predique, el resultado ha sido el fracaso, y la historia impone que replanteemos la forma para llegar felizmente al fondo. Por ello aquella máxima bíblica de Lucas 6-45 nos cita “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.
Dios no prohíbe. El creador te da discernimiento y pone en tu vida a través de su palabra dos caminos, uno curvo y uno recto y es el ser humano lleno de defectos y virtudes quien decide entre lo más fácil o lo más seguro. En situaciones determinadas, tenemos un amplio rango de elecciones, que van desde decisiones realmente corruptas, pasando por la mediocridad de alternativas intermedias, siguiendo por opciones buenas, hasta llegar a aquellas que son excelentes.
Nuestra amada Nicaragua exige que todos perdamos el miedo. El principal terror que tenemos es a tomar decisiones, ya ni siquiera por equivocarnos, sino porque la vanidad empuja a cuidarnos de lo que otros digan y eso ha conducido a repetir lo mismo de siempre sin resultados diferentes.
En lo personal, he decidido que mi país, después de Dios y mi familia, es mi prioridad. Esa decisión desde el periodismo que ejerzo me hizo libre, lo cual era un sueño irrealizado. Hoy no tengo ataduras ni compromisos terrenales con nadie, pero en la búsqueda diaria, no importa en qué medio esté, desde el grano de arena que pueda representar mi pensamiento quiero ser un puente, una mano abierta, una suma o una multiplicación de buenos deseos.
Lo anterior no significa que dejé de ser crítico. Si así fuera entonces no obtendría resultados para llegar a mi paraíso ideal. Lo que implica es que tomé una decisión para distinguir lo bueno de lo malo aunque hacerlo represente un desafío pues tengo conciencia y certeza que hoy no gusto al sector político de dónde vengo porque les digo —como miles y miles lo hacen— que la división no es una opción, que al canibalismo es pecado, que el odio es maldad, que el egoísmo es una enfermedad, que la vanidad es diabólica y que la exclusión es una montaña de vidrio quebrado que jamás será escalada.
Los oposicionistas deben tomar decisiones diferentes si quieren ser oposición. Al margen de los errores visibles que el partido en el poder cometa, esos que pretenden ser su relevo están a mil años luz de alcanzarlo. No pueden seguir ofreciendo fórmulas descontextualizadas como la UNO porque ni hay antisandinismo ni hay una Violeta Chamorro y menos la madurez política de aquellos 14 que se unieron en función de un proyecto de nación.
Lejísimos de aquel sueño que en 1990 fue una realidad, hoy la oposición debería estar deseando que el tiempo se detenga porque en la medida que pasa un segundo en su agenda más se hunden pues su múltiplo común es la incapacidad.
Allá los ciegos que digan lo contrario pues de todas formas es también su decisión.
El autor es periodista.