Alejandro Serrano Caldera

¿La crisis de la razón o la razón de la crisis?

La crisis mundial contemporánea tiene múltiples causas y expresiones que dificultan una adecuada interpretación y más aún, una apropiada construcción de aproximaciones conceptuales que permitan elaborar algunas hipótesis sobre el particular.

Si observamos aunque sea con una rápida mirada la situación mundial, percibimos a través de los conflictos y enfrentamientos de diversa índole, el desajuste de objetivos y la ausencia de fines comunes y de un plano de coincidencias en el que concurran, y de alguna manera se integren, las diferencias y contradicciones.

El colapso moral del capitalismo financiero global; las severas dificultades en la eurozona; las situaciones planteadas en América Latina a partir del llamado socialismo del siglo XXI en algunos países de la región; los problemas surgidos a raíz de las oscilaciones, en estos momentos en descenso, de los precios del petróleo; la permanente confrontación entre Palestina e Israel; las históricas contradicciones entre el mundo islámico y occidente; la expansión de un terrorismo cuyos horrores ha producido el enfrentamiento de sectores fanatizados, no solo con los países occidentales, sino con los propios gobiernos de las sociedades islámicas de donde provienen estos grupos; el hambre, la enfermedad y la miseria en los pueblos de África, son algunos de los rasgos más visibles de la crisis mundial contemporánea.

Aún cuando hay que reconocer que dificultades y contradicciones han existido siempre, y que a través de su inevitable presencia se han producido los cambios en la historia, conviene señalar que junto a las características propias de los profundos malestares de nuestra época, subyace un elemento menos perceptible, pero no por ello menos determinante, en la configuración de la crisis actual. Se trata del empeño, impulsado desde la raíz misma del capitalismo corporativo transnacional, de excluir la razón y el pensamiento crítico en la construcción del mundo contemporáneo y de subordinarlos al dogma del mercado absoluto, pretendido como el principio único que debe regir en forma total y totalitaria el devenir integral de la historia, y frente al cual el pensamiento no es más que un instrumento encargado de contribuir a la comprensión y afianzamiento de los axiomas del mercado absoluto.

Este hecho le ha dado una característica particular a la crisis, pues no se trata solo de un desajuste entre teoría y práctica, sino del intento de excluir el pensamiento crítico como actividad humana esencial a través de la cual se realiza la libertad de la persona y la sociedad.

Junto a este fenómeno que subyace al enjambre de contradicciones y enfrentamientos de nuestro tiempo, se produce la revolución tecnológica que ha cambiado la naturaleza del tiempo y el espacio y, en consecuencia, del mundo contemporáneo. A diferencia del mundo de hace unas décadas, caracterizado por la separación establecida por la distancia en el espacio entre los diferentes países y, en consecuencia, por la separación en el tiempo de lo acontecido y de su conocimiento en otras sociedades, la realidad tecnológica y cibernética actual, hace de los hechos acaecidos un fenómeno coetáneo y global, estableciendo la posibilidad de su conocimiento instantáneo, al momento de su acontecer en cualquier lugar en que la persona y el grupo social se encuentren. Esto, sin duda, constituye una transformación cualitativa de la realidad contemporánea.

Frente a esta situación y sus consecuencias, la filosofía, en tanto pregunta, intento de respuesta y propuesta de alternativas al problema, adquiere una importancia excepcional. La situación mundial exige la presencia de un pensamiento cuestionador y propositivo, desde el cual y con el cual, sea posible rectificar la tendencia que ha pretendido dictar las respuestas antes que existan las preguntas, y fabricar las soluciones para elaborar luego los problemas.

De nuevo surge la necesidad de buscar un contrato social planetario que pueda, entre otras cosas, establecer un común denominador universal de valores y principios a partir de los Derechos Humanos, que incluya en su configuración general los temas que en nuestro tiempo exigen las respuestas necesarias, tales como, entre muchos otros, los derechos de la mujer, de la infancia y la adolescencia; los problemas de la biogenética y la neurociencia; la protección de la ecología y el medio ambiente; la interculturalidad como reconocimiento e interacción de las diferencias culturales, a partir siempre y en toda circunstancia, del respeto a la dignidad y libertad del ser humano.

Es imprescindible el aporte de la filosofía y el pensamiento crítico para el establecimiento de esa plataforma de valores y principios que sustenten y reintegren en una unidad en la diversidad los trozos de una sociedad mundial confrontada. El ethos o conjunto de valores y principios que dan identidad a una sociedad o al género humano como tal, se compone de una serie de coincidencias y diferencias, de acciones y reacciones, de afirmaciones y negaciones que exigen integrar las contradicciones y construir la síntesis de las diferencias.

Esto es, reconocer lo diverso, lo otro, como parte contradictoria, pero parte al fin, de lo que existe como expresión dominante. De esta forma, el reconocimiento del otro, de lo otro, de lo que contradice las tendencias hegemónicas, se transforma en una idea y en una práctica necesaria para poder construir el núcleo fundamental e imprescindible a cada época.

Este reconocimiento no debe entenderse como un reconocimiento externo al otro (al excluido); ni siquiera como una incorporación en el ámbito que conforman los intereses dominantes de una época, sino como una relación e integración interdependiente, complementaria y dialéctica, formando como consecuencia de esa relación, una nueva realidad en la que, no obstante, lo uno y lo otro conservan su identidad. Esto sería el concepto filosófico y político de unidad en la diversidad.

Concepto este que no propone la desaparición del otro por absorción en las categorías dominantes, porque sería suprimir la diferencia y la identidad, sino pensar en lo uno y lo otro como reciprocidades necesarias. La realización de la filosofía, como diálogo, compromiso solidario y expresión del pensamiento, base de la nueva sociedad que debe surgir de la crisis, exige necesariamente reunificar lo disperso, respetar las identidades y proyectarlas al horizonte universal de la razón, pero de una razón historizada, que equivale a decir de una razón humanizada.

El pensamiento crítico no es abstracción en el vacío sino realidad que palpita en el concepto e idea que se encarna y humaniza en la historia, propuesta y diálogo que integra la experiencia y la esperanza, la libertad y la igualdad.

Lo que la humanidad enfrenta actualmente no es la crisis de la razón en un mundo deshumanizado, sino la razón de la crisis a consecuencia de su intencionado desplazamiento por el poder del capitalismo global.

Ante esta situación ha resurgido el debate de las ideas en la búsqueda de un acuerdo que sea capaz de sostener racional y moralmente a la sociedad de nuestro tiempo, que exige la construcción de acuerdos nacionales, regionales y globales, sobre la base de valores y principios que dignifiquen al ser humano y a la sociedad. Esta búsqueda necesaria es la que plantea el teólogo y filósofo Hans Kung en su obra Ética mundial para la economía y la política , y la que formulan muchos otros pensadores tratando de construir un camino que conduzca a la libertad, la dignidad y la justicia.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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COMENTARIOS

  1. Gabriela Cabrera Matus
    Hace 11 años

    Tal vez sea necesario alejarnos de Rousseau o de «todo lo real es racional y todo lo racional es real» de Hegel y utilizar a Hernando de Soto, por ejemplo, «El Misterio del Capital: Porque el Capitalismo funciona en occidente y falla en el resto del mundo», o por qué no? Samuel Huntington y el «choque de civilizaciones». El marco conceptual eurocéntrico es parte del problema, no la solución.

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