América Latina parece retroceder a los tiempos de las monarquías. Crímenes oficiales y altos grados de corrupción tienen atrapado el desarrollo social y el progreso de la gente. Sin distingos de izquierda y derecha muchos gobernantes son sancionados cuando ya dejaron en bancarrota nuestros países. Constituciones violentadas, sueldos altísimos a los funcionarios públicos, bajos sueldos a los maestros.
Un veinte por ciento rico y un ochenta por ciento pobre no parecen ser cifras justas; algo falla en el engranaje de los presupuestos, exoneraciones y coimas que desvían los millones de la cooperación para erradicar la pobreza.
Realidades como los 43 jóvenes desaparecidos en México, el crimen del fiscal Nisman en Argentina, el Alba y sus jugosos negocios oficiales, los miles de niños que no van a la escuela en Nicaragua, mientras sus padres cuidan las propiedades y nuestro lago de un mandatario que usa al Ejército Nacional como su CPF y él se comporta como un alcalde de la China.
Hemos visto eficientes sistemas de compras on line pero no programas donde la OEA, ONU, Unión Europea, etc. monitoreen las denuncias ciudadanas y desarrollen programas actualizados para el voto en el exterior, la entrega de cuentas públicas, impulsar referéndum, instalar diálogos por el Skype y contribuir a instalar juntas provisionales que sustituyan mandatarios cuando sea necesario.
Tantos economistas y banqueros exitosos podrían innovar una mejor circulación del papel dinero y evitar que sea lavado con campañas políticas, multiplicado a través de los narcos traficantes de armas, personas y toda la decadencia terrorista que nos amenaza.
Habrá que desarrollar una moneda especial, como fichas de trabajo, solo para los gobiernos y prohibir los negocios a través de testaferros, normar los salarios y la cantidad de funcionarios de acuerdo a la situación económica y el número de habitantes de cada país. Normas internacionales básicas donde los presidentes y funcionarios públicos salgan con el mismo patrimonio que entren o dejen de ser presidentes.
Las cortes internacionales de derechos humanos no pueden seguir funcionando a lo lejos y tan lentamente. Pueden hacer juicios móviles y recopilar pruebas on line. Se necesita la participación presupuestada de los premios Nobel, académicos, científicos y comunicadores, que actualmente parecen sustituir al burocrático y sesgado trabajo de los organismos internacionales.
Así como se renuevan los sistemas que promueven la ciencia y el deporte, urge renovar y actualizar el sistema internacional y una verdadera integración centroamericana que contribuya a un solo bloque de desarrollo americano que no separe nuestro continente en norte y sur, por ideologías o prejuicios.
Los millones de migrantes indocumentados van a regresar cuando estos organismos nos ayuden de verdad a construir gobiernos con vocación de servicio, cuando se desarrollen programas integrales de concertación, innovación y auditorías prácticas que aseguren el buen uso de los fondos de cooperación y los presupuestos.
Países y personalidades nobles, artistas, innovadores de Google, académicos y productores, debemos a lanzar con prontitud verdaderas autoridades supranacionales que hagan cumplir un solo reglamento oficial para todos los gobiernos del continente, donde se obligue el respeto a la Constitución, la independencia de poderes y la rendición de cuentas claras del erario.
Solo así romperemos el círculo y cambiaremos el rumbo de la historia, dejaremos de usar excusas y actuaremos para que nuestros jóvenes aspiren ser nuevos mandatarios limpios. Solo así dejaremos de ver indignados a asesinos que aun son aplaudidos en foros internacionales y los dejan ir por ahí, destruyendo vidas, y futuros, acaparando los medios de comunicación y el internet con su odio y su palabrería, sus cuerpos represivos y su corrupción impune, porque aún se los permite su triste disfraz de presidentes.
La autora es periodista