En la escuela había un niño, el más grande y fuerte de la clase, que les pedía un peso diario a cada uno de sus compañeros. Al que no se lo daba, le pegaba. Todos le tenían pavor y hacían lo imposible por darle el córdoba al niño. Por miedo estaban dispuestos a cachar. Ricardo Palacios un día no consiguió el córdoba, pero había visto en la cartera de su mamá cinco pesos. Fue y le sacó uno del bolso para cumplir con el peaje. Cuando volvió a su casa, su mamá lo apaleó con una raja de leña. Estuvo 15 días sin ir a la escuela. “Me debés 15 pesos”, le dijo el niño con ínfulas de banquero. Ricardo se armó de coraje y se le fue encima. Aunque era más pequeño, un David contra un Goliat, lo sometió. Los demás también le perdieron miedo. Veinte años después, una cicatriz detrás de la rodilla le recuerda a Ricardo el episodio que le hizo perder el miedo a otro niño, pero también la inocencia con el dinero, desde entonces trabaja en las calles vendiendo algo.
Con el pelo peinado como un cepillo y el rostro pintado en rosado, Ricardo sube a un bus, el escenario donde representa a un personaje y en el que repite —o cambia— sus chistes unas 32 veces al día. “Buenas, buenas, muy buenas tardes damas y caballeros, niños y niñas, primeramente quiero darle gracias a Dios, al señor conductor que le baja el volumen a su radio, voy a presentarme, mi nombre artístico es ‘Cordoncito’, soy el primo hermano de Chayane, el chollón. Ya pues familia, hoy en día nosotros los hombres somos maltratados por las mujeres, nos golpeyan, nos humillan, nos pisotean, hasta nos cachimbean en la calle. ¿Saben cómo nos llaman a nosotros? Ahora no nos llaman caballeros, nos llaman damos, si no damos no nos hartamos”. Al oírlo algunos se espabilan y voltean a ver al hombre de voz nasal que con su delgadez honra su nombre artístico y cuya figura nada en un pantalón enorme de bolsillos verdes y amarillos.
ROMPER LA SERIEDAD
“En una parada estaba una muchacha embarazada. Adiós, muchacha ¡qué bonita su pancita!, le digo yo. Se regresa la muchacha y me dice: Payasito, payasito, ¿te gusta mi pancita? Sí, le digo yo. Mi marido la hace en la casa”, dice “Cordoncito”. Con estos chistes, algunos de los cuales rayan en el machismo, “Cordoncito” entretiene por un par de minutos a los pasajeros del bus. Después de contar chistes, “Cordoncito” ofrece los chocolates que lleva en un tarro transparente que compró en el Mercado Oriental. Uno por dos pesos, tres por cinco pesos y hasta siete por diez pesos.
RUTAS BUENAS Y PALMADAS
“Cordoncito” se sube a los buses desde las 8:00 de la mañana. Antes de mediodía habrá ido varias veces de Plaza Inter a Montoya, regresará a Plaza Inter y se bajará en el Canal 2 o en el sector del estadio. Las rutas en las que más viaja son la 109, 175 y 101. Le huye a la 4 porque varias veces intentó vender chocolates en esa ruta o “pichar” (pedir), “pero es muy palmada”. Y por lo general, llevan la boca cerrada a cal y canto. En cambio, cuando la gente sonríe es señal de que aflojará unos pesos y comprará sus chocolates. Por las tardes “Cordoncito” cambia de sector. Baja hasta la Carretera Norte y se incorpora en el tramo favorito de los vendedores de medicinas, que va de La Siemens al sector de La Prensa. Ahí se baja y sube hasta que vende los cuatro tarros de chocolates y recoge trescientos pesos al día. En ese sector respeta los turnos de los vendedores de medicina. Nunca se sube a una unidad en la que vaya otro vendedor. Tampoco se sube a un bus en el que van muchos de pie, porque la gente no le haría caso. Estos códigos los ha aprendido “Cordoncito” en su quehacer cotidiano. Ricardo Palacios tiene 28 años, aunque aparenta 20, está casado con una mujer que trabaja en una maquila y es papá de un niño de 4 años. Vive en las afueras de Tipitapa, por Ciudadela San Martín. Casi siempre llega antes que su esposa a la casa, entonces se cambia y hace algunas tareas domésticas: la cena, lavar ropa, entre otras. La experiencia le ha enseñado que hay un día de la semana en que no vale la pena trabajar: jueves. Ese día descansa de la calle y se dedica a algunos pendientes de la casa. También ha aprendido que hay que ponerse su mejor traje los sábados. Ese día, aparte del pantalón de colores, se pone un chaleco que dio a hacer. “Los papás sacan más a los niños y ellos se fijan más en uno”, dice “Cordoncito”, admirador por YouTube de Los Caluga, una pareja de payasos chilenos de cuyo repertorio ha copiado algunos chistes
UNA CARRERA TÉCNICA
Además de los jueves, los domingos Ricardo también se olvida de ser “Cordoncito”. Ese día estudia quinto año de secundaria. Se quiere bachillerar y optar por una carrera técnica. Dice que su sueño era la Medicina, pero cree que ya no tiene edad ni tiempo para ello. Ahora quiere estudiar Mecánica Automotriz, con ese aprendizaje quizá pueda montar un día un negocio, piensa. Ricardo no sueña con trabajar para nadie. Ya lo ha hecho y no tiene buenos recuerdos. “Es mejor así”, dice sobre su vida de vendedor ambulante, que lo ha llevado a patear calles de Managua, pero también de otras ciudades. Ha viajado a San Salvador, capital de El Salvador, y a veces viaja a Matagalpa y Estelí. “Allá la gente tiene más picardía”, dice este payaso. Como “Cordoncito” tiene otro sueño, al que aún no ha renunciado: le gustaría convertirse en un gran comediante y un día viajar a Chile para conocer a sus payasos favoritos, Los Caluga.
MAQUILLAJE Y CHOCOLATE
Óxido de zinc es la base del maquillaje de algunos payasos que como Cordoncito se andan tostando bajo el sol. Revisando las páginas web de otros payasos del mundo, Ricardo Palacios descubrió un maquillaje de aceite que es menos dañino para la piel. “La protege”, dice él, y le ha ayudado a no resecarse. “No ve que nadie me cree que tengo 28”, dice con cierta vanidad Cordoncito, quien a veces hace dúo con otro payaso en los buses. “Me subo con otro que es buenísimo, pero a veces no viene”. Sobre su venta, Cordoncito cuenta que no vende productos que estén a punto de vencerse. “No me gusta vender algo malo”, dice. No siempre lleva chocolates, en enero o febrero vende libros de inglés para estudiantes. En esos días sus ventas ascienden hasta los seiscientos pesos. En ocasiones reconoce que el negocio está muy malo. Ha sacado cuenta y le ha tocado subirse a 65 buses, pagar más cien pesos en pasaje, antes de vender los cuatro tarros de chocolate, su meta de cada día.
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