Se lo contaba a sus nietos ya en el ocaso de su
vida. Los recuerdos afloraban nítidamente, sin
dudas ni lagunas. A pesar del tiempo transcurrido
nunca había podido olvidar aquella experiencia que le había marcado su infancia y
la había hecho sufrir tanto a manos de quien se
suponía debía ayudarla y protegerla. Aún quedaban restos de resentimientos.
Solo tenía 6 años y había comenzado la escuela
formal en este colegio de monjas que a ella le
había parecido la octava maravilla del mundo
con su uniforme azul, sus altas calcetas y el viaje
en bus al otro lado de la ciudad. Toda una
aventura para una niña que no conocía más allá
de las faldas de su madre.
Pero desde el inicio, la escuela se había convertido
en una especie de tortura.
Entraban a clase y había que rezar, persignarse
era obligatorio, así que ella lo hacía con su mano
rectora, la izquierda.
La derecha es la mano de Dios, la izquierda
es la del diablo. ¡Esta niña es hija del demonio!,
tronaba la monja.
La Sor la señalaba a ella y la sacaba del grupo
exponiéndola delante de toda la clase como un
ser demoníaco. La pobre niña temblaba de
terror y rompía a llorar silenciosamente ante la
mirada atónita de sus compañeritas y la despectiva
de su maestra. No encontraba justificación alguna
a semejante ataque. En su casa
nadie le había jamás reconvenido por usar
su mano izquierda; todos lo veían natural y
había crecido, aprendido a leer y escribir sin que
se la tildara de anormal, mucho menos que se la
aterrorizaran con imágenes infernales.
Los buenos estarán a la derecha del Señor y los
malos a la izquierda, repetía la monja inquisidora
—las clases comenzaban y con ellas el calvario diario—.
¡Escriba bien niña! Así no es, ¡con la otra mano!
Sus ojitos suplicaban clemencia; no podía escribir
con la otra mano. Era poco menos que
imposible y nuevamente las lágrimas
empapaban el cuaderno.
Enojada, la monja la apartaba del resto de
las niñas, la hacía que colocara su pupitre en un
rincón delante del aula y la obligaba a hacer
planas enteras de castigo: “Debo escribir con la
derecha”.
Mientras todas estudiaban, ella lloraba sin
parar esforzándose por rellenar aquellas hojas
que se le hacían eternas. Debía además
mantener la mano izquierda embolsada dentro del
jumper para que no tuviera la tentación de
utilizarla.
A veces la maestra salía y en ese descuido, ella se
sacaba la mano castigada y rellenaba rápidamente
la plana. Pero la Sor sabía, por la
inclinación de la letra y la calidad del trabajo,
que no lo había hecho con la derecha, la niña
tampoco mentía y confesaba su “crimen”, así
que se le aplicaban nuevos castigos: “No tendrás
recreo y no te podes levantar para nada. Tenés
que rellenar el doble de planas”.
Las compañeritas salían a jugar alegremente al
patio mientras ella quedaba completamente
sola en el aula. Como no tenía permiso para
levantarse, en más de una ocasión se veía
obligada a orinarse sentada en el pupitre,
aumentando así la dosis de tortura. Pero lo peor
estaba por llegar.
Una vez que terminaba el recreo, al ver la
desgraciada situación de la niña, la monja
apretaba aún más su castigo: la hacía levantarse
e ir a buscar un lampazo para limpiar.
Las risas y burlas de todas sus compañeras ante
la falda mojada y el charco en el suelo
aumentaban la humillación.
En su casa no decía nada de lo que estaba
ocurriendo. Pero su madre notó que tenía fiebre
cuando regresaba del colegio y cada mañana
lloraba porque no quería ir a clases. La llevaron
al médico quien diagnosticó que no tenía nada,
solo estaba nerviosa. Intrigada, la madre se personó
una buena mañana en la escuela y
pidió a la directora visitar el aula.
Cuando ambas llegaron se encontraron con la
niña aislada de las demás, llorando sin parar y
la monja no supo explicar ni justificar su
crueldad, más que argumentando su condición
de “anormal” por escribir con la mano izquierda
y la necesidad de “corregirla”.
La monja fue seriamente reprendida en
presencia de la madre y obligada a rectificar su
comportamiento, a pedir perdón a la familia por
su injustificable proceder y a prometer que
nunca más repetiría sus vergonzosas actuaciones.
La niña nunca olvidaría ese amargo período de
su vida, el estigma cruel de ser demonizada ¡por
el solo hecho de escribir con la zurda!
u venganza fue terrible. Se convirtió en la mejor
alumna del colegio y más tarde, en una mujer de
izquierdas.
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