Aquí estoy, viejo Darío, sentado en la cama
en la que te moriste, sorbiéndome las lágrimas
que ninguna alergia puede disimular. Por
años esperé este momento, ensayé tantas veces
mi discurso y ahora, frente a ti, renuncio a las
palabras: lo siento. No tengo nada que decirte.
Afuera los niños (alguno se llamará Rubén)
corren detrás de una pelota, las niñas (alguna
se llamará Eulalia) contemplan sin rubor el
juego de los niños. Y el sol calienta las calles,sin ninguna piedad.
En León a nadie le importa
la piedad. O simplemente están acostumbrados:
¿a quién le interesa tu máscara mortuoria,
tu uniforme de gala, el cuaderno ológrafo
de Margarita, está linda la mar? Ya es hora
de irse. Por última vez admiro tu retrato, saco
apresuradamente algunas fotos, me despido
de tus miedos y fantasmas. Afuera los niños
corren detrás de una pelota, las niñas cruzan
con descaro sus piernas. Y el sol calienta las
calles, sin ninguna piedad.
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