En la edición del sábado pasado, 14 de febrero, LA PRENSA publicó un artículo del periodista estadounidense Michael McDonald, titulado Ortega amigo de EE. UU. en lucha antinarco, en el cual dice que “Daniel Ortega, líder nicaragüense que derrocó a una dictadura apoyada por Estados Unidos y luego soportó la ira de los rebeldes financiados con ventas de armas estadounidenses a Irán, no es tan malo después de todo, según especialistas en política antidrogas”.
McDonald, quien escribe para la agencia estadounidense Blomberg, cita al analista Adam Isacson, de la Oficina de América Latina en Washington (Wola por su sigla en inglés), quien sostiene que “Daniel Ortega, pese a su política de izquierda, es conservador en lo social”. Y agrega Isacson que Ortega “tiene hacia las drogas la actitud que se esperaría de un político de Alabama o Texas”. Es decir, de un derechista radical, precisamos nosotros.
Lo dicho en el reporte de Blomberg sobre Daniel Ortega coincide con lo que expresan algunos analistas nicaragüenses conocedores de la política de Washington, quienes dicen que Estados Unidos no da importancia a la retórica de Ortega contra el “imperialismo yanqui”, pues lo que les importa es que les ayude a contener el narcotráfico y el terrorismo internacional, que es la prioridad estratégica estadounidense.
Al respecto el periodista de Blomberg cita a William Brownfield, subsecretario de Estado de la Oficina de Narcóticos Internacionales y Policía, quien en fecha reciente declaró que “los esfuerzos de gobierno de Nicaragua para proteger a su pueblo y su territorio de las actividades de los traficantes de droga han sido muy positivos”, lo cual, dijo, es más importante que los “diversos elementos complicados” en las relaciones de Estados Unidos con Nicaragua.
Brownfield no aclara cuáles son esos “elementos complicados”, pero se puede suponer que se refiere a situaciones como la planteada por Ortega en la Cumbre de la Celac, en Costa Rica, al delegar la representación de Nicaragua en un líder independentista puertorriqueño para exigir la “descolonización” de Puerto Rico. Lo cual es una provocación, porque Ortega sabe que Puerto Rico no es una colonia sino un Estado Libre Asociado de los Estados Unidos, y que el pueblo puertorriqueño ha votado libremente para seguir con ese estatus, o incluso ser un estado más de la Unión Americana, no un país independiente.
Esta provocación de Ortega podría complicarse para Estados Unidos, si el dictador nicaragüense cumple su amenaza de llevar al líder independentista puertorriqueño, Rubén Berríos, a la Cumbre de las Américas de abril próximo en Panamá, en representación de Nicaragua, para exigir directamente al presidente Barack Obama la “descolonización” de Puerto Rico.
Pero no es la primera vez que Estados Unidos tolera e incluso apoya en Nicaragua a un dictador, porque los servicios que presta de hecho a los intereses de Washington son más importantes que sus piruetas políticas y que sus atropellos a los derechos y libertades de los nicaragüenses.
Básicamente esto es lo mismo que hizo Estados Unidos con los Somoza, a los que ayudó a sostenerse en el poder durante largo tiempo porque le eran útiles en la estrategia de contención del comunismo en América Central y el Caribe, que en aquel entonces era la prioridad estadounidense. Y los abandonaron hasta cuando ya no los consideraron necesarios, sino estorbosos.
Así ha sido siempre la política de Estados Unidos hacia Nicaragua.
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