La oprobiosa concesión del Canal otorgada al chino Wang Jing, por los términos en que fue negociada ha revivido el uso del término “enclave”, viejo concepto del derecho internacional que ha evolucionado conforme las realidades cambiantes, pasando de ser un territorio perteneciente a un Estado o a una jurisdicción administrativa que se halla dentro de los límites de otra, a un modelo de explotación que lleva a su máxima expresión las prácticas monopólicas, siempre en un territorio determinado en el que coexisten la nación explotadora y la explotada en el contexto del desarrollo del capitalismo global.
Desde el punto de vista jurídico con la legislación aprobada por la Asamblea Nacional y los acuerdos suscritos con HKND Group, nuestro enclave ya ha nacido, el gobierno de Nicaragua ha limitado la soberanía nacional y renunciado a su jurisdicción, estableciéndoles una regulación diferenciada del resto del territorio y concediendo derechos y privilegios de los que carecen los empresarios nicaragüenses.
Los enclaves retomaron actualidad a partir del 2006 con la puesta en práctica de una nueva política de los chinos en África, que en el intento de reforzar el beneficio mutuo bajo la pretensión de contribuir al desarrollo del continente firmaron múltiples convenios para la creación de zonas económicas especiales, pretendiendo replicar su propia experiencia iniciada a partir de los años ochenta.
Los nuevos tipos de enclaves han generado gran discusión en que unos ven a la nueva potencia como un depredador que pretende recolonizar el continente negro y otros como impulsora de un modelo de cooperación Sur- Sur.
Las zonas ZEE´s tienen en común con la zona del pretendido Canal su carácter extraterritorial, aplicándose una legislación especial, con incentivos extraordinarios que para su concreción requirieron de una fuerte alianza hegemónica entre el administrador extranjero y el grupo de poder local, en que la corrupción de las élites gobernantes, la falta de transparencia y de rendición de cuentas, con ausencia de debate sumado al secretismo son la tónica predominante.
Los estudiosos de la experiencia africana han sacado importantes conclusiones que es necesario conocer y que deben alertarnos sobre lo perjudicial para nuestra nación de este nuevo modelo de explotación. Los estudios sobre las inversiones chinas en África nos recuerdan de alguna forma las lecciones actualmente bajo crítica y revisión del libro Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano o los relatos que recoge Mario Vargas Llosa en su libro El sueño del celta.
Conforme a algunos expertos el panorama de las ZEE´s en África no parece nada alentador, no han logrado atraer capital suficiente para incidir en el desarrollo económico de los países en que están enclavadas ni han creado un importante número de nuevos empleos, han provocado graves fricciones derivadas del choque cultural con la importación de numerosos trabajadores de otras nacionalidades, con gran insatisfacción de los gobiernos y pobladores de África que siguen esperando el milagro prometido que no llega; así como el desprecio a la legislación laboral local, dificultándose la sindicalización de los trabajadores dentro de un modelo de bajos salarios con mínimos derechos a las salud y a la seguridad; produciéndose reiteradas violaciones a las leyes para la protección del medio ambiente y una falta absoluta de transparencia en que la alta inmigración china ha devenido en la constitución de verdaderos enclaves del país asiático, sin conexión alguna con el resto del país ni beneficios apreciables para la economía local por sus características de enclaves cerrados.
La ilusión de miles de empleos nacionales ha chocado con la práctica china de la importación masiva de sus trabajadores, por ejemplo en Nigeria después de varios años el gobierno exigió la renegociación del acuerdo con China y solo logró alcanzar una cuota del 40 por ciento para la mano de obra local.
Los nicaragüenses debemos aprender en cabeza ajena y forzar un debate nacional sobre el Canal y sus previsibles consecuencias.
El autor es abogado.