Escobar: Paraíso perdido

Tener a Benicio del Toro interpretando al capo de la droga Pablo Escobar es un golpe mágico de casting. Por eso me extrañó el bajo perfil de Escobar: paraíso perdido . Esta es la materia prima de las nominaciones al Óscar, pero el estreno se programó para el tiempo muerto de enero y del Toro no tuvo campaña promocional para nominación por parte del estudio. Ahora entiendo por qué.

Tener a Benicio del Toro interpretando al capo de la droga Pablo Escobar es un golpe mágico de casting. Por eso me extrañó el bajo perfil de Escobar: paraíso perdido . Esta es la materia prima de las nominaciones al Óscar, pero el estreno se programó para el tiempo muerto de enero y del Toro no tuvo campaña promocional para nominación por parte del estudio. Ahora entiendo por qué.

La historia se cuenta desde los ojos de Nick (Josh Hutcherson), un joven canadiense que migra a Colombia en compañía de su hermano Dylan (Brady Corbet) y su cuñada (Ana Girardot). Tienen planes de construir un hostal para surfistas. Un día, Nick conoce a María (Claudia Traisac) y se enamora de ella. Tiene la suerte de que la bella trabajadora social sea sobrina de Pablo Escobar (Benicio del Toro). A través de la relación, Nick se introduce en el círculo íntimo del capo, justo cuando empieza a resquebrajarse la pantalla de respetabilidad que cubre sus actividades criminales. La primera vez que vemos a Nick, está a punto de pasar de niño dorado a carne de cañón.

Los realizadores tomaron la decisión creativa de narrar la historia desde el punto de vista del joven blanco, en una clara estrategia para apelar a la identificación de la audiencia norteamericana. El reconocimiento que Hutcherson ha alcanzado gracias a su participación en la franquicia de Los juegos del hambre colorea el estilo de la película. Es un thriller político para adolescentes. ¡Una película “adulta” para “jóvenes adultos”. El guion ofrece una estructura en flashbacks y flashforwards que funcionan para crear algo de suspenso mecánico, pero no disimula cuán superficial es.

Nick es un inocente, un tonto que recibe una educación moral. Esta premisa plantea un problema racial, pues no hay excusas para los latinos morenos que rodean a Escobar. La única voz de alarma proviene de Dylan, el hermano de Nick. La película coquetea con cuestionar los puntos ciegos éticos que florecen por la combustión de la pobreza y el materialismo. Las actividades criminales de Escobar se racionalizan por los beneficios que prodigan a sus allegados. El halo del “éxito” ciega a todos. Este es un fenómeno que trasciende al tiempo, la raza y la cultura. Podría dramatizarse en Estados Unidos o Nicaragua. En cada país hay camadas de nuevos ricos, cosechando fortunas a la sombra de la corrupción, navegando hacia la aceptación del status quo. Algunos son asimilados, otros no logran remontar las barreras de la legalidad. Escobar es uno de ellos.

Paraíso perdido no tiene tiempo para esa historia. Al centrarse en el conflicto interno de Nick, subraya la pretendida superioridad del blanco anglosajón, simbólicamente castigado por sucumbir a las tentaciones de una latina bonita y una playa virgen. Pero Nick es el personaje menos interesante de la película. Simplemente no puede competir con Escobar, aún reducido a figura mefistofélica que aparece de vez en cuando para seducir o castigar.

Del Toro es perfecto para el papel. Cada vez que lo vemos la película recibe una carga eléctrica. Pero no es suficiente. Es frustrante pensar lo que alguien como Kathryn Bigelow o Michael Mann habrían conseguido con este actor, en este personaje.

La dirección del novato Andre Di Estefano es plana y funcional. Su mayor mérito reside en la prudente dosificación de la violencia. Si alguien le da razón de ser a la película es Carlos Bardem, el hermano mayor de Javier Bardem. Es escalofriante como el sicario Drago. Pareciera venir de una película más feroz. Uno desearía que acabara pronto con Nick, para seguirlo a él.

La Prensa Domingo Benicio del Toro Escobar archivo

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