Mientras en París, Francia, se llevaba a efecto una hermosa marcha multitudinaria en favor de la tolerancia y, por lo tanto, en defensa de la libertad de expresión, en Nicaragua el gobierno de Daniel Ortega ensució el buen nombre del país con una oprobiosa mancha de intolerancia política y represión.
Quienes siguieron por televisión o internet el desarrollo de la gran marcha de París, la cual fue encabezada por el presidente de Francia y gobernantes de diversos países de Europa, Medio Oriente y África, tienen que haberse emocionado al ver a tantas personas de distintas razas y diversas creencias religiosas políticas, o de ninguna definición, marchar por las calles; abrazándose fraternalmente, gritando la consigna que rinde homenaje a la memoria de los periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo, quienes fueron masacrados el 7 de enero por el terrorismo fundamentalista que representa la intolerancia en la más sanguinaria de sus expresiones y quiere impedir el ejercicio de la libertad de expresión.
La tolerancia es una virtud humana que significa respetar las creencias y las opiniones de los demás, cualidad que para ser verdadera tiene que ser recíproca. En el ámbito religioso esto significa que los musulmanes que viven en Europa, tienen derecho a construir sus mezquitas y practicar su culto religioso sin que nadie los moleste por eso. Pero del mismo modo a los cristianos de los países islámicos también se les debe respetar su derecho a profesar y practicar su religión. Sin embargo no se les respeta. Por el contrario, los cristianos son discriminados en todos los países musulmanes y en algunos de ellos inclusive son cruelmente reprimidos por su fe.
Pero esa falta de equivalencia entre lo que se hace en el mundo occidental y en el islámico, no le quita trascendencia sino que realza la gran manifestación del domingo pasado en París y otros lugares de Francia y Europa, por la tolerancia y el respeto a la libertad de expresión y para exigir que no vuelvan a ocurrir tragedias como la de Charlie Hebdo.
Seguramente que muchas de las personas que salieron a la calle el domingo pasado para manifestarse en favor de la tolerancia y contra el terrorismo fundamentalista, no han visto nunca las caricaturas de Charlie Hebdo. Y para muchos otros es probable que esos dibujos sean desagradables. Sin embargo, toda esa gente reconoce honrosamente que por encima de los gustos y las opiniones particulares debe estar la tolerancia y el respeto al derecho a la libertad de expresión.
En Nicaragua, por el contrario, ha sido lamentable y vergonzoso que los gobernantes, en vez de sumarse a la jornada mundial por la tolerancia o al menos permanecer al margen de ella, lo que hicieron fue impedir mediante la acción brutal de una fuerza de choque la realización de un homenaje a la memoria de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en el 37 aniversario de su asesinato.
El doctor Chamorro Cardenal es el símbolo por excelencia de la lucha por la libertad de expresión en Nicaragua, y por lo tanto de la tolerancia. Si quienes detentan el poder en este país tuvieran un poco de vergüenza política, se sentirían abochornados por esa mancha oprobiosa de intolerancia que mandaron a pintarrajear el 10 de enero ante el monumento al Mártir de las Libertades Públicas y Héroe Nacional de Nicaragua.