Siguiendo las huellas del reverendo Martin Luther King, quien tuvo un sueño en el que columbraba el día cuando todos los norteamericanos se verían como hermanos sin importar el color de la piel, yo también como nicaragüense tengo un sueño que quiero compartir con mis lectores, primordialmente en estos días de Navidad cuando se proclama a los cuatro vientos: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.
Sueño, como nuestro inmortal poeta Rubén Darío, en que “si pequeña es la patria uno grande la sueña”. En que Nicaragua es lo suficientemente grande para abarcar en su seno, cual madre amantísima, a una población mayor que la que tiene. En que la quinta parte de sus hijos (más de un millón de nicaragüenses) que ha tenido que salir del país desde la década de los ochenta en busca de un empleo para sobrevivir, pueda regresar algún día a su tierra natal para disfrutar junto con los suyos de un ambiente de paz, trabajo, justicia y libertad, sin discriminaciones de ninguna clase.
Sueño en que algún día sea llevado a la práctica el pensamiento luminoso de otro grande vate nuestro, Salomón de la Selva, cuando perennemente nos recuerda: “La independencia fue para que hubiese pueblo, no mugrosa plebe; hombres, no borregos de desfile”. Pueblo que reclame con dignidad y energía sus derechos fundamentales con la frente erguida, como el de tener verdaderas elecciones libres, justas y honestas, para elegir a sus legítimos gobernantes, y no a una tiranía que pretende perpetuarse en el poder basado en la fuerza bruta del Ejército y la Policía.
Sueño en que más temprano que tarde se haga realidad el ideal del General de Hombres Libres, Augusto César Sandino, quien visualizó: “Una nación, tarde o temprano por débil que sea obtiene su libertad y que cada abuso del poder apresura la destrucción del mismo que la dirige”. Es abuso de poder reelegirse en franca violación de la Constitución; entregar la soberanía nacional a un consorcio chino sin previa consulta popular o referéndum que garantice el menor daño posible a nuestra ecología y la indemnización justa y oportuna de los afectados por el megaproyecto interoceánico. Ese Tratado o Convenio debe revisarse en función de los supremos intereses del país.
Sueño con un Nicaragua en que los niños tengan garantizado su futuro con una educación integral; en que los ancianos no sean maltratados por demandar mejores condiciones de vida; en que las mujeres tengan una mayor participación tanto en el sector público como en el privado; en que los hombres no tengan que peregrinar por tierras extrañas para encontrar un trabajo que les permita vivir decorosamente junto con su familia; en que haya una justa distribución de la riqueza nacional en beneficio de las clases más desposeídas y que esta no vaya a parar a los bolsillos de los políticos corruptos e inescrupulosos como los que hoy prevalecen en nuestra desventurada nación.
Sueño, en fin, con la “Nicaragüita” que canta y encanta con amor de patria Carlos Mejía Godoy, y con la esperanza de que en el porvenir vengan mejores días para Nicaragua, en la que no se quede ningún niño sin su juguete y ninguna familia sin su cena de Navidad, viviendo todos los nicaragüenses en un país fraterno con igualdad de oportunidades para todos y en el pleno goce de los beneficios de la auténtica democracia y de la libertad.
El autor es periodista y Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE)
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