En la historia de la Navidad alrededor del mundo hay muchos relatos emocionantes, acerca de cómo la influencia de esta celebración cristiana suaviza algunas conciencias duras; y a individuos muy egoístas y malvados les saca lo bueno que sin ellos saberlo yace en el fondo de sus almas.
Un clásico en este sentido es Un Cuento de Navidad, obra en la cual el escritor inglés del siglo XIX, Charles Dickens, cuenta la historia de un miserable personaje llamado Ebenezer Scrooge, quien odia a la humanidad y por lo tanto la Navidad. Scrooge es visitado por unos bondadosos fantasmas navideños que le llevan dulces recuerdos de su infancia y lo convierten en un hombre generoso, dispuesto a amar y hacerle bien al prójimo.
En la edición de LA PRENSA del lunes de esta semana, el 22 de diciembre, el doctor Humberto Belli se refirió en su columna semanal a la célebre historia ocurrida el día de Navidad de 1914 en las trincheras del frente de batalla de Ypres, Bélgica, durante la Primera Guerra Mundial, cuando combatientes enemigos británicos y alemanes se dieron una inusitada tregua para confraternizar y celebrar juntos la festividad navideña. Inclusive improvisaron un juego de futbol, por lo cual, al cumplirse un centenario de aquel histórico acontecimiento la UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Futbol), inauguró este 17 de diciembre de 2014 un monumento memorial en el preciso lugar donde los soldados ingleses y alemanes cambiaron las armas por una pelota de futbol.
Otra historia, muy poco conocida pero también emotiva, es la llamada Navidad Chouan, que ha sido recordada en estos días por la revista católica chilena en internet Acción Familia. Ocurrió en Francia, durante la Navidad de 1795, cuando en ese país se libraba la sangrienta guerra civil que siguió al triunfo de la revolución francesa de 1789. Chouanes, les decían a unos intrépidos combatientes católicos de la contrarrevolución cuyo líder principal era un hombre llamado Jean Chouan.
Un odio implacable enfrentaba al ejército del poder revolucionario contra los alzados en armas que querían la restauración de la monarquía y defendían a la Iglesia católica de los mortales ataques de la revolución.
En la noche del 24 de diciembre de 1795, un destacamento revolucionario se preparaba para fusilar a un combatiente campesino de las fuerzas chouanes, cuando desde una aldea que estaba al otro lado del bosque llegaron sonidos de campanas. Los oficiales y soldados del ejército revolucionario se alarmaron, creían que era una señal de ataque de sus enemigos y corrieron a buscar cómo parapetarse. Entonces, el campesino que estaba a punto de ser fusilado, con voz tranquila y suave dijo a sus enemigos que no tuvieran temor, que era la víspera de Navidad y las campanas llamaban a la misa de medianoche para celebrar religiosamente el nacimiento del Niño Jesús.
Los oficiales y soldados revolucionarios se tranquilizaron. Ellos habían renegado de su religión desde hacía varios años y saber de repente que estaban en Navidad, les trajo recuerdos de buenos tiempos y se les dulcificó el corazón. El jefe de la tropa habló con los soldados, luego se acercó al prisionero que estaba amarrado a un poste, lo soltó, lo abrazó y le dijo con voz entrecortada por la emoción: márchate, eres un hombre libre.
Era otro milagro del espíritu de la Navidad.
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