Elsa y Fred

¡Los ancianos se enamoran también! Esa es la idea que esta comedia romántica grita a los cuatro vientos, sin un ápice de sutileza

¡Los ancianos se enamoran también! Esa es la idea que esta comedia romántica grita a los cuatro vientos, sin un ápice de sutileza. Basada en una película española del mismo nombre, el director Michael Radford recluta a Christopher Plummer, fresco después de ganar el Óscar por su papel como un padre de familia que sale del closet en el ocaso de su vida en Beginners (Mike Mills, 2010). Le acompaña Shirley McLaine, leyenda de Hollywood con renovados bríos después de su intervención en la popular serie de la BBC Downton Abbey .

Elsa (McLaine) es una excéntrica anciana que marcha al ritmo de su propio tambor. Su vida cambia cuando Fred (Plummer) se muda al apartamento de al lado. O más bien, es instalado contra su voluntad por su imperiosa hija, Lydia (Marcia Gay Harden), después de la muerte de su esposa. Elsa se enamora de Fred y poco a poco mina los muros emocionales que ha construido a su alrededor. Pero el tiempo está en contra de ellos.

La obsesión de la cultura popular con la juventud impone la falacia de que el romance en la tercera edad es una anomalía. Películas como Elsa y Fred funcionan como un correctivo, pero también trafican sobre la idea de que estas relaciones son curiosas y extraordinarias. La comedia del guion de Anna Pavignano y Radford está servida a un nivel básico y caricaturesco.

Tome nota de la grotesca caracterización de Lydia y su esposo (Chris Noth), presentados como advenedizos que no estarían fuera de lugar en una telenovela. O los pequeños detalles que apuntan al mínimo común denominador de la comedia. ¡Elsa escucha hip-hop a todo volumen en su carro! John (George Segal), el veterano médico de Fred, ¡se viste como un jovenzuelo! Estamos supuestos a reírnos con estos chistes que en lugar de retar los prejuicios ante la vejez, los reafirman. La misma película presenta a sus personajes como objeto de ridículo.

Me sorprende la precaria manufactura de Elsa y Fred . El director británico Michael Radford ganó una nominación al Óscar en 1994 por Il Postino , pero aquí presenta un producto que tiene toda la fineza de un filme de estudiante. La puesta en escena es caótica, como si no supiera dónde poner la cámara. La edición es indiferente y brusca. La fotografía es plana y desinspirada. Jamás había visto una película tan mal hecha, con talento de este calibre. Plummer y McLaine merecen algo mejor. Cualquier mérito en esta empresa reside en la dignidad con la que dotan a sus personajes.

Sin embargo, suficientes personas en la proyección, a la cual asistí, reían ante la pantalla. No le resiento a nadie su entretenimiento. En la dictadura de la juventud que rige la cartelera del cine cualquier concesión al público adulto es bienvenida. Si tan solo fuera con mejores películas. Elsa está obsesionada con La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960). La ve constantemente en su televisión y sueña con meterse en la fontana di Trevi, al mejor estilo de Anita Eckberg. Su fijación permite que Radford inserte la memorable escena en Elsa y Fred . Después de 54 años, el clásico de Fellini se ve más moderno que nunca.

Es curioso cómo el tiempo obnubila la mente. La película de Fellini es una mordaz sátira social, que ahora reducen a suvenir sentimental. Su denuncia de la banalidad en la cultura de la celebridad tiene renovados bríos en la era de Berlusconi y el reality show. Ojalá el cine la hubiera reestrenado, en lugar de esta comedia “moderna” que se vería anticuada en los años cincuenta.

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