De la realpolitik (vocablo de origen alemán que se ha generalizado a todos los idiomas), se dice que es la política y la diplomacia que ponen los intereses materiales y los objetivos prácticos, por encima de las consideraciones filosóficas y los principios morales.
Habitualmente se atribuye la creación de la realpolitik al teórico político italiano de la época del Renacimiento, Nicolás Maquiavelo, pero algunos remontan su origen hasta Tucídides, eminente historiador de la antigüedad griega. Y como uno de los más grandes maestros de la realpolitik se tiene al político, sacerdote, diplomático y estadista francés Talleyrand, quien influyó de manera determinante en la política de Francia durante los turbulentos períodos del reinado de Luis XVI, la Revolución Francesa, el imperio napoleónico y la restauración del régimen monárquico.
En estos días, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha dado una clara demostración de realpolitik, al comprometerse con el dictador comunista Raúl Castro a restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, aliviar significativamente el embargo económico y comercial con vistas a suprimirlo totalmente y sacar a ese país de la lista de Estados que patrocinan el terrorismo.
Esta decisión de Obama se ha fundado, evidentemente, en el criterio de que es preferible aceptar a Cuba tal como es —y sacarle provecho político y material a este reconocimiento—, en vez de insistir en una política que ha probado ser ineficaz aunque haya sido inspirada en los principios fundamentales de la libertad y democracia que, al menos en teoría y la retórica tradicional, son irrenunciables para cualquier estadounidense que no esté contaminado con las ideas del totalitarismo en cualquiera de sus modalidades más comunes: comunismo, fascismo, racismo y fundamentalismo islámico.
Carlos Alberto Montaner, en su columna semanal que será publicada en LA PRENSA de este domingo señala que “hay una regla de oro de la ética que Obama ha olvidado: donde quiera que se pueda sostener la coherencia entre la conducta y los principios, hay que hacerlo”.
Ciertamente, este criterio es válido para quienes colocan los principios por encima de los intereses materiales y la conveniencia de los resultados prácticos. Pero no lo es para quienes la ecuación es al revés, como es el caso del presidente Obama, quien no ha dicho que exigir a Cuba apertura a la libertad y la democracia, y respeto a los derechos humanos, sea una política éticamente mala e incorrecta, sino simplemente que no ha sido eficaz.
Es comprensible que los pragmáticos consideren el acuerdo de Barack Obama con Raúl Castro como políticamente correcto y lo respalden incondicionalmente. Sin embargo, para quienes los principios tienen más valor que los intereses materiales y que la eficacia política, la decisión de Obama solo puede ser valorada como errónea y carente de balance, porque no le ha arrancado ninguna concesión política al régimen totalitario de Cuba.
El Congreso de EE.UU. podría llenar el vacío del acuerdo pragmático de Obama con Castro, si en vez de rechazar simplemente su pedido de suspender el embargo económico a Cuba condiciona la suspensión al comienzo de una apertura democrática del régimen cubano. Por principios y ética política se debería intentar.
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