El amigo Róger Miranda Bengoechea, nicaragüense residente en Estados Unidos, me envió un breve comentario sobre mi artículo La estirpe de Julio César, publicado en LA PRENSA del 29 de agosto pasado. Me cuenta Roger que hace poco vio en la cadena estadounidense de televisión HBO la serie titulada (en inglés) Rome, “la cual se enfoca precisamente en Cayo Julio César, un personaje histórico de gran interés”. Y agrega que “según la serie de HBO él (Julio César) era un gran político, astuto, hábil y tan generoso como cruel”.
“Siempre me he preguntado cómo, siendo tan astuto no fue capaz de detectar a sus conspiradores y por qué no usaba guardaespaldas”, observa en su mensaje Róger Miranda Bengoechea y me sugiere escribir algo al respecto.
Le prometí que le respondería cuando escribiera sobre Cayo Octavio, el sobrino de Julio César y su heredero y sucesor en el poder de Roma, pues Octavio fue precisamente quien instituyó el cuerpo armado de seguridad personal de los emperadores, la Guardia Pretoriana.
Pero antes debo mencionar que después de librarse de Marco Antonio y Lépido, con quienes cogobernó temporalmente en el Segundo Triunvirato, Cayo Octavio asumió el poder de manera absoluta, pero tomando en cuenta las razones por las cuales Julio César fue asesinado, conservó las formalidades republicanas de gobierno. Poco tiempo después hizo que el Senado lo proclamara Princep (Príncipe, o Primer Ciudadano) de Roma instituyendo de esa manera el Principado o Imperio Romano.
Los senadores romanos, sumisos como todos los desde los tiempos antiguos hasta ahora renuncian a tener criterio propio y se someten a lo que decida su partido y quiera su amo y señor, también le dieron a Octavio el título de Augusto, que significaba “santo”, “majestuoso”, “venerable”, un epíteto que solo se le reconocía a Júpiter, el principal de los dioses romanos.
En honor a Julio César, Octavio también adoptó el cognomento de César, que como mencioné en otra ocasión no era un título honorífico sino un apodo, que significaba “peludo”. Octavio quiso honrar el apodo de su tío y padre adoptivo y después de él cada uno de todos los demás emperadores de Roma también fue llamado César.
El nombre oficial de Cayo Octavio pasó entonces a ser Cayo Octavio César Augusto. Aprendió la lección del asesinato de Julio César y para que a él no le ocurriera lo mismo creó un cuerpo especial de seguridad personal, la Guardia Pretoriana, cuyo modelo es copiado hasta ahora por los gobernantes autoritarios que viven con temor a sufrir atentados o que se sobreprotegen para darse importancia y satisfacer su ego desproporcionado.
Ya antes de ser emperador, durante la campaña militar contra Marco Antonio, Octavio había formado un cuerpo militar especial para su protección personal, cuyos miembros eran llamados “los calagurritanos” porque procedían de la ciudad de Calagurris (la que ahora se llama Calahorra y forma parte de comunidad autónoma de La Rioja, en España), famosa por su fidelidad a Roma. Cuando ya tenía todo el poder en sus manos, Octavio disolvió el cuerpo de los calagurritanos y lo sustituyó con la Guardia Pretoriana (que ya existía como fuerza de protección de los generales cuando andaban en campaña), a la que confió su seguridad personal y convirtió en guardia de seguridad imperial.
Siendo la Guardia Pretoriana un cuerpo militar de élite, sus miembros gozaban de privilegios que no tenían los demás integrantes del ejército, como mayores sueldos por el tiempo que duraban en servicio y más beneficios cuando pasaban a retiro. La Guardia Pretoriana de Octavio Augusto, fundada en el año 27 o 26 antes de Cristo, tenía nueve cohortes (batallones) cada uno de los cuales estaba integrado con 480 hombres a pie y alrededor de cien equites pretoriani, que formaban la fuerza de caballería.
Pero la Guardia Pretoriana no solo era una fuerza militar entrenada para repeler ataques armados contra el emperador, sino también un cuerpo de seguridad y de investigación política para prevenir y descubrir conspiraciones y detener y matar a los conspiradores antes de pudieran actuar contra el emperador.
“Hoy en día —dice el español Fernando Lillo Redonet, doctor en Filología Clásica y escritor—, cuando se habla de “guardia pretoriana” se suele hacer referencia a las unidades armadas de élite que protegen a determinados gobernantes, en particular a dictadores impopulares que, por temor a una conspiración, confían su seguridad a tropas que les son absolutamente fieles”.
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