Tanto los ricos romanos como el populacho estaban satisfechos con el gobierno de Julio César, por el progreso que el dictador absolutista impulsó mediante las obras públicas y las reformas. Esperaban que la paz absoluta y la prosperidad por fin reinarían en Roma. Pero se equivocaron. El momento de la “pax romana” llegaría más tarde.
Como suele ocurrir siempre que es asesinado un tirano, después del asesinato de César vino la cruda represión y la lucha de facciones. La inestabilidad y los conflictos entre facciones empeoraron para desgracia y aflicción de los romanos.
Inmediatamente después de que Julio César fue asesinado, Marco Junio Bruto —influyente político y poderoso militar que había sido uno de sus más estrechos colaboradores— le pidió a Marco Tulio Cicerón que reorganizara el gobierno. Pero Cicerón no se atrevía a actuar porque el desconcierto en Roma era total y el miedo se había apoderado de todos. El mismo Marco Antonio se escondió para evitar que los conjurados republicanos lo atraparan y asesinaran.
Marco Antonio reaccionó hasta que una legión romana (ejército compuesto por infantería y caballería) acampada cerca de Roma al mando del general Lepido, quien había sido fiel a César y quería que se respetara su legado, se aproximó a la ciudad e hizo que los conspiradores buscaran cómo ponerse a buen recaudo.
Marco Antonio aprovechó la confusión reinante para apoderarse del tesoro que César tenía guardado para financiar la siguiente campaña militar. Además, le quitó a Calpurnia, la cuarta y última esposa de César, los documentos personales de este, entre los cuales esta su testamento, hasta entonces desconocido. (A propósito de Calpurnia, cabe anotar, entre paréntesis, que ella tuvo una premonición del asesinato de su esposo. Soñó que una estatua de César estaba sangrando y una multitud de personas se lavaban las manos en la sangre. Quiso persuadir a César que no fuera al Senado en aquel día fatídico de los idus de marzo, pero no lo convenció).
Los asesinos de César negociaron con Marco Antonio y acordaron que el Senado ratificara las reformas del caudillo asesinado e hiciera cumplir su testamento. En cambio, los asesinos se irían de Roma para asumir las gobernaciones de algunas provincias.
Marco Antonio habló en el funeral de César y con su elocuente elogio del caudillo muerto encendió los ánimos del populacho que exigía venganza. Marco Antonio se sentía el nuevo amo de Roma.
Pero un nuevo personaje entró en escena y su presencia en Roma cambió el panorama político de la ciudad y sus provincias.
Cayo Octavio, el sobrino nieto de Julio César adoptado por este como su hijo y heredero al no haber tenido sus propios hijos, se presentó en Roma para reclamar su herencia. Octavio encontró el apoyo del ejército que había sido fiel a César y entró en conflicto no solo con Marco Antonio, sino también con Lépido, quien igualmente pretendía tomar el poder dejado por el caudillo asesinado.
Los tres, Octavio, Marco Antonio y Lépido, después de intensas intrigas decidieron poner fin a sus pleitos y repartirse el poder. Pero cada uno de ellos ocultaba un puñal entre sus vestiduras y tenía el propósito oculto de librarse de los otros en la oportunidad propicia.
Se formó entonces el Segundo Triunvirato Romano (el primero lo habían integrado César, Pompeyo y el mismo Marco Antonio), pero cada uno de ellos exigió que sus enemigos políticos particulares fuesen liquidados. Uno de los grandes personajes que cayó en ese sangriento ajuste de cuentas de los triunvirios fue Cicerón, el gran jurista, orador político y escritor romano cuyas obras siguen siendo aleccionadoras hasta nuestros días.
Cicerón, quien era adversario enérgico de Marco Antonio, respaldó a Octavio. Sin embargo este no lo protegió cuando aquel exigió la cabeza del insigne intelectual romano.
Suetonio no dice nada al respecto pero se conoce que el 7 de diciembre del año 43 antes de Cristo, Marco Antonio ordenó que Cicerón fuese decapitado y que su cabeza y sus manos se expusieran al populacho en las Rostras (tribunas) del Foro Romano.
De aquel eximio romano que era Cicerón, a quien Catón llamó Padre de la Patria, quedaron máximas sabias que son útiles a aquellos juristas, escritores, poetas, periodistas y oradores que en la Nicaragua de hoy protestan porque la institucionalidad democrática ha sido socavada, defienden la Constitución mancillada y abogan por la justicia y el derecho, pero pareciera que predican en el desierto. Aquellos que, como Cicerón, pueden decir que “si nadie se sirve de nosotros escribiremos y leeremos sobre la Constitución del Estado, y si no pudiéramos en la Curia y el Foro trataremos de servir a la patria con nuestros escritos y en nuestros libros”.
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