Quienes conocieron de cerca a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, seguramente lo recuerdan en sus momentos más felices, en una faceta poco conocida de su vida: navegando por las aguas de nuestra Mar Dulce o de nuestro río San Juan o el río Coco a bordo de una lancha, un yate o un cayuco.
El mes de septiembre me evoca recuerdos nostálgicos de esos viajes que mi padre realizaba, invariablemente en los días patrios con destino a San Carlos, Río San Juan, cruzando el Cocibolca por la mitad (el centro del queso como dicen), desde su ciudad natal Granada. Además, cada 23 de septiembre mi padre celebraba su cumpleaños y este año 2014 estaría cumpliendo los 90.
Sus íntimos amigos también fueron sus compañeros de viaje y compartieron con él muchas horas de relajamiento, tragos y chistes mientras la nave familiar, ya fuera el rústico “San Libertad”, el yate “Zaraguasca”, el veloz “Guas” o el yate “Mayales”, avanzaba lentamente sobre las aguas del Cocibolca, inusualmente tranquilo en este mes.
A menudo le acompañaban en esas giras, mi madre Violeta, su eterna compañera, su infaltable cuñado, Carlos Holmann y a veces en compañía de mi tía Anita; su hermano Xavier, Alejandro Martínez Urtecho, Pedro Cardenal (Peví), Chico Frixione, Claudio Rosales, Barney Chamorro, Armando Gómez, Luciano Cuadra, Carlos Coronel Kautz, Hugo Astasio y Pedro Joaquín Gutiérrez, entre otros.
Una vez, para los días patrios, debe haber sido a inicios de los sesenta, estuvo con sus amigos 24 horas al garete, cuando el “Santa Libertad” se quedó sin combustible, luego que el guía decidió vender el diesel en Moyogalpa sin que nadie se percatara, hasta que el escaso viento prevaleciente los arrimó a la costa de la isla.
En una ocasión, en uno de sus últimos viajes en septiembre de 1975 en el que yo iba, uno de los motores del “Mayales” falló tan solo al zarpar de San Carlos hacia Granada. El viaje, sobre la ruta de 150 kilómetros con un solo motor, duró 14 horas, que parecieron una eternidad.
En otra ocasión un Viernes Santo de 1958, estando confinado a San Carlos por el régimen somocista, mi padre escapó con mi madre hacia Costa Rica en una noche oscura a bordo de un frágil cayuco, mientras un amigo campesino, quien los asistió en la aventura, remaba por cinco largas horas río abajo el río San Juan, y luego, río arriba su afluente el Medio Queso hacia la frontera de Costa Rica.
Ese afecto especial, o mejor dicho esa vocación que siempre sintió mi padre, un granadino, por nuestra cuenca lacustre, combinada por su pasión por la historia patria, heredada de su padre, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, es lo que lo llevó en 1970 a recorrer en una panga todo el emblemático río San Juan hasta San Juan del Norte y escribir la famosa serie de reportajes de LA PRENSA, “Los pies descalzos de Nicaragua”, que luego publicó también en un atractivo folleto.
Y más adelante, en 1971, con Carlos Holmann y yo, navegó casi todo el río Coco desde Waspam hasta Cabo Gracias a Dios en un endeble cayuco, para escribir una nueva serie de reportajes que tituló: “Nuestra frontera recortada”, el que también compiló posteriormente en un folleto.
En honor a su memoria, en este mes de septiembre que ciertamente me evoca todos sus viajes en nuestra Mar Dulce, debemos proteger nuestro lago, y no permitir que por un Canal, que no se sabe si funcionará, se destruya rápidamente lo que a la naturaleza le ha costado tanto tiempo crear.
¿Qué diría Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el navegante, ante la posibilidad cada vez más probable de ver a nuestro lago convertido en un lodazal?
Para quienes lo conocieron es fácil adivinar de qué lado estaría y con qué vigor alzaría su voz para proteger nuestra mayor riqueza natural que tantas veces surcó en un septiembre como hoy. El autor es diputado de la bancada PLI y Presidente de la Comisión de Turismo
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