Político es el que busca el poder, pero ¿para qué? El autor.
El gran Carlos Marx, cuyas singulares teorías conducían al bienestar óptimo de la humanidad: la desaparición del Estado, la abundancia de recursos materiales y de dar “a cada quien según su necesidad ”, la última etapa del socialismo científico o comunismo, etc. Casi todo lo preconizado por Marx era viable y asequible, pero el sutil error del famoso pensador judío fue su creencia de que “los proletarios eran unos angelitos que sólo les faltaban alas para volar”, sin contar con que los tales proletarios, no eran más que ¡los mismos hombres!, con todos sus grandes debilidades e imperfecciones atávicas, como el egoísmo, la envidia, la avaricia, el deseo de totalitarismo, de dominio exacerbado sobre las multitudes de rebaño, etc. Sin embargo, ni el “Homo homini lupus” (el hombre es lobo del hombre) de Hobbes, no desanimó a Marx de su megaproyecto humanitario.
La dictadura del proletariado, soñada por Marx, también se esfumó y desapareció de la escena mundial.
Y a propósito de dictaduras, un hecho simple y curioso es que desde su Independencia en 1821, Nicaragua ha soportado pacientemente 96 años de dictaduras (16+45+35), la mitad de los 193 años que hemos disfrutado de ser “libres” (de España, pero no de nosotros mismos). Esto es algo completamente insólito e inusitado con sus cruentas e incruentas reacciones. Ningún país del mundo ha sufrido esta azarosa experiencia política,
Un hombre fuerte con su cúpula, tiene el apoyo garantizado de las armas (policía y ejército) que a todos infunde “respeto” e intimidación; se erige tranquila y arbitrariamente en el poder como dictador, arraigándose permanentemente en el mismo, con el consentimiento tácito de un pueblo pasivo y acomodaticio, que tiene mucha vocación de subyugación y muy poca de sublevación.
La intrincada historia de Nicaragua desde nuestra libertad internacional en 1821, hubiera sido totalmente diferente y por ende nuestro pueblo gozaría de una sana y envidiable mentalidad cívica y democrática centroamericana, como la tienen actualmente nuestros vecinos.
Las dictaduras de Nicaragua y América Latina, se pueden quizá mitigarlas verbalmente, aunque nunca justificarlas:
1. Si un pueblo tiene vocación para ser sumiso y obediente ante gobernantes despóticos, también los dictadores disponen de una capacidad extraordinaria y natural de ejercer un aplastante dominio físico y psicológico sobre el pueblo y asimismo de un gran ingenio para mantenerse en el poder a toda costa, olvidándose de las consecuencias de sus actos, ya que para ellos mismos obviamente representa un futuro incierto y arriesgado.
2. Todo ser humano tiene el derecho de potenciar al máximo las cualidades o inclinaciones positivas que la naturaleza les concede, pero siempre que tales dotes personales no exploten o dañen a los demás, ni sirvan exclusivamente para su beneficio propio y de sus adeptos, humillando burlonamente la colectividad bajo su mando.
3. Estos superdotados de vocación totalitaria, deberían explotar lo positivo de ese don con que nacieron o adquirieron por su astucia y experiencia política, participando siempre en dicha noble ciencia, ya que es su vocación, pero deben auto imponerse primordialmente como meta el anhelado “bien común” del pueblo a su máximo.
4. Sojuzgar o someter a un pueblo, política, económica y socialmente, es un craso error “contra natura” porque tanto las dictaduras como el totalitarismo, el fascismo, las monarquías absolutas de antaño, etc. han sido definitivamente crueles y esclavistas, porque atentan principalmente contra el derecho inalienable de la libertad del hombre y la naturaleza se encarga sabiamente de extirpar tales regímenes opresivos, generalmente en forma violenta e inesperada.
Los políticos dictatoriales, que cada vez existirán menos, deberían cargar siempre en su conciencia con su karma y la frase de Confucio:
“No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, y asimismo nunca olvidar la justiciera e infalible ley universal de “Causa y Efecto”.
Solamente así podremos soportar, temporalmente y con forzada aceptación, a los dictadores buenos, solidarios y amantes sinceros de su pueblo. El autor es ingeniero civil
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