Mañana 2 de septiembre se celebrará el Día del Ejército de Nicaragua. Esta efeméride fue establecida en septiembre de 1982 como Día del Ejército Popular Sandinista, en conmemoración de que el 2 de septiembre de 1927 el general Sandino fundó el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, al cual encabezó en la guerra contra la ocupación militar de Estados Unidos. Así fue decretado por el Consejo de Estado —organismo corporativo con funciones colegislativas creado por la revolución sandinista— y ratificado por la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, la cual ejercía el poder ejecutivo solo de manera formal ya que el poder real lo detentaba la entonces todopoderosa y absolutista Dirección Nacional del FSLN.
Eran los tiempos de la arbitrariedad revolucionaria, de la fermentación de la guerra civil contrarrevolucionaria, de las nuevas intervenciones extranjeras y de la confusión absoluta del partido Frente Sandinista con el Ejército y el Estado, rasgo característico de la orientación totalitaria de tipo soviético y cubano que el Frente Sandinista dio a la revolución que derrocó a la dictadura somocista.
Con el triunfo de la UNO en las elecciones del 25 de febrero de 1990, y el establecimiento del sistema democrático de Gobierno en abril del mismo año bajo la presidencia de doña Violeta Barrios de Chamorro, el Ejército entró en un proceso de institucionalización que fue consagrado legalmente en el Código Militar y las reformas constitucionales de 1995. A partir de entonces el Ejército renunció a los apellidos políticos e ideológicos de Popular y Sandinista y pasó a llamarse Ejército de Nicaragua, como es lo correcto.
Cabe recordar que con el triunfo de la democracia republicana en 1990 surgió la demanda ciudadana de abolir el Ejército, encabezada por el Movimiento Civilista en el que participaban destacadas personalidades cívicas como el poeta Pablo Antonio Cuadra y don Fabio Gadea Mantilla. Sin embargo, el objetivo de sustituir al Ejército con una fuerza armada no militarista resultó inviable en las precarias condiciones de la transición democrática de Nicaragua, de manera que se tomó el camino de convertirlo —y motivar a los militares a que ellos mismos se convirtieran— en una fuerza armada nacional, sin filiación política, como deben ser los ejércitos en las sociedades que son verdaderamente democráticas.
Ahora, con la restauración de Daniel Ortega en el poder y la deriva autoritaria de su gobierno que incluso se ha manifestado en la reciente reforma regresiva del Código Militar, se ha creado y difundido el temor de que el Ejército sea desviado del correcto camino de la institucionalidad democrática, y que vuelva a ser —obligado o por voluntad propia— un instrumento político del poder; que ya no sea más el Ejército de Nicaragua y retroceda a la condición de Ejército orteguista.
En Venezuela el Ejército ha adoptado como lema oficial la consigna partidista de «¡Patria socialista o muerte! ¡Venceremos!» y su comandante en jefe aseguró que no reconocería un triunfo electoral de la oposición. El Ejército de Bolivia se proclamó “socialista”, “antiimperialista” y “anticapitalista”. Ojalá que en Nicaragua, que también es un país del Alba, no ocurra lo mismo, pues ya ocurrió y las consecuencias fueron terriblemente trágicas.
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