Leonel Calderón y sus “ofrendas del tiempo”

Cada vez que tengo la oportunidad de encontrarme con un verdadero poeta mi sensibilidad estética sufre una profunda conmoción. La primera vez fue con mi tío Pablo Antonio Cuadra, allá por los años noventa. Mi primera plática con él fue como estar hablando con la representación más plástica de nuestra identidad nicaragüense. Y ahora que encuentro al poeta Leonel Calderón nuevas emociones han surgido a mi antigua y siempre renaciente vocación poética.

Calderón, como buen hijo de Darío, ha heredado del “Maestro Mágico” su alma musical y su amor ferviente por la belleza. En su poesía se pueden apreciar ambas características. El “arte poético” en él también funciona como un medio de redención a su alma sensible al dolor y a las injusticias sociales.

También me llamó poderosamente la atención que en todos sus poemas hay siempre un destinatario. El poeta desde su soledad abraza a las personas que más quiere y admira dedicándoles un poema.

Su tarjeta de presentación a este país son sus siete libros publicados y los acertados comentarios de la élite intelectual y cultural de Nicaragua.

Ofrendas del tiempo su séptimo y más reciente libro es un texto atravesado por varios ejes: la angustia, la soledad, la finitud del hombre, la existencia, la muerte y el tiempo.

En cierta ocasión a San Agustín de Hipona le tocó preguntarse sobre el tiempo y él simplemente afirmó: “Cuando me preguntan qué es el tiempo, no lo sé, pero cuando no me preguntan qué es, yo sé lo que es”; el poeta Calderón está entre estos que sí saben qué es el tiempo, aunque no se lo hayan preguntado; es más, ha sido capaz de unir en su persona al metafísico y al poeta existencial. Para dar una pequeña muestra léase el siguiente poema:

“Yo soy”

Yo soy mis propias posibilidades/ Y mi ser es mi propia existencia,/ Y ese ser se devela/ En mi humano vivir/ Y arrojado y “caído” en el mundo/ Y libre, muy libre,

Me abro a ese Ser, y dispongo de Él./ El pensamiento del gran filósofo existencialista Martin Heidegger está aquí presente expuesto de una manera sencilla, amena y profunda.

Por otro lado, en la filosofía griega hubo también intentos de comprender el misterio del tiempo, Aristóteles por ejemplo definió el tiempo como “la medida del movimiento” y en esa definición ya se veía incubada la correlación entre espacio y tiempo que siglos más tarde desarrollaría en su teoría de la relatividad Albert Einstein.

“El tiempo nos devora

Y raudo caminando

Sin detener su marcha, es “algo” que acontece…

El tiempo está en nosotros, en nuestro pensamiento”

Enmanuel Kant fue el primer filósofo de la modernidad que declaró que el tiempo se intuye con la sensibilidad y que es algo interior y subjetivo.

Desde el punto de vista de la metafísica, el tiempo es lineal y está segmentado en tres partes: pasado, presente y futuro. Los metafísicos dicen que solo el presente tiene el don de la existencia, lo pasado ya no es y lo futuro no ha sido todavía, de modo que solo poseemos nuestro presente; nuestro presente sin embargo es huidizo, deviene pasado y su futuro deviene presente, el ha sido, el siendo y el seré en el hombre se conjugan de la siguiente manera: somos la huella de nuestro pasado y somos lo que queremos ser en nuestro futuro, de modo que el tiempo continuo es un ser que ha sido, es y será. Tanto el metafísico como el poeta intuyen esta realidad del tiempo en su subjetividad e idealidad, en cambio, el hombre común y cotidiano lo ve como una realidad objetiva y segmentada en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, etc.

Otra característica de este precioso libro de Leonel Calderón es que nos sirve también como meditación sobre el acontecer circunstancial y ordinario de nuestros días en este mundo, lleva un mensaje trascendente y espiritual, no se queda en la superficie de lo estético decorativo, nos toca el corazón y nos hace meditar sobre lo efímero que es la existencia del ser humano en este mundo y de las grandes verdades que nunca este debe olvidar. El autor es filósofo y catedrático universitario

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