El primero de los césares

Luis Sánchez Sancho

Wiliam Shakespeare dice en su muy conocida tragedia, Julio César, que cuando el célebre estadista y glorioso general romano caía al suelo bañado en sangre, víctima de las 43 puñaladas que le asestaron sus asesinos, alcanzó a recriminar a uno de ellos, Marco Junio Bruto, diciéndole: “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”

Si es cierto lo que escribió Shakespeare, seguramente César dijo esa frase de sorpresa porque Bruto había sido su entenado y lo amó igual o más que si hubiese sido su hijo natural.

Sin embargo Suetonio escribe en su libro Los doce césares, que la exclamación de Julio César antes de morir fue: “¿Incluso tú, hijo mío?” Y el historiador griego de la antigüedad, Plutarco, narra que Julio César no dijo nada, que al ver a Bruto entre sus asesinos solo se cubrió el rostro con su toga y, con toda dignidad, murió en silencio.

Julio César no tuvo el título de emperador de Roma, pero de hecho lo era. Fue el último gobernante de la República romana y Suetonio lo coloca como el primero de los césares, no solo por su nombre sino porque fue en su honor que a los emperadores romanos se les llamó y honró con el título de César.

Suetonio comienza su relato sobre Cayo Julio César cuando muere su padre. César tenía entonces solo 16 años de edad. Un año después fue nombrado flamen dialis, o sea, supremo sacerdote de Júpiter. Se divorció entonces de su esposa, Cossutia, con quien estaba casado desde la niñez, y se unió en matrimonio con Cornelia, hija de Lucio Cornelio Cina, un prominente político y militar que había sido cónsul de Roma cuatro veces.

Julio César pertenecía a la gens Julia, la cual estaba integrada por familias de poca fortuna material pero de estirpe patricia, o sea, la nobleza que descendía de los fundadores de Roma. Las gens, como sabemos, eran las agrupaciones de diversas familias unidas por lazos comunes, las cuales constituían la base de la sociedad romana.

Julio César aprovechó para su carrera política la influencia de su tío Cayo Mario, un eminente político y general que fue cónsul siete veces y por sus grandes éxitos militares le concedieron el título de Tercer Fundador de Roma (el primero habría sido Rómulo y el segundo Marco Furio Camilo, quien fue dictador en cinco ocasiones y cónsul en otras cuatro).

Al haberse casado Julio César con una hija de Cina, enemigo del dictador Lucio Cornelio Sila en las feroces luchas por el poder, este le ordenó que repudiara a su esposa. Pero Cesar se negó y debido a eso fue despojado del cargo religioso de flamen dialis. Incluso estuvo a punto de ser asesinado por sicarios de Sila, pero finalmente, por intervención de parientes de la madre de César, Aurelia Cota, Sila lo perdonó de mala gana y el joven rebelde se marchó hacia el Asia, donde inició su exitosa carrera militar.

Julio César regresó a Roma después de la muerte de Sila y durante algún tiempo se dedicó a ejercer la abogacía, ejerciendo las funciones de tribuno militar. En ese desempeño comenzó a demostrar sus excepcionales cualidades políticas e intelectuales, pues necesario es señalar que además de gran político y militar César llegó a ser también un notable escritor.

Al morir súbitamente su esposa, Cornelia Cina, Julio César se casó con Pompeya, nieta de Sila. Así estrechó sus vínculos con las altas esferas del poder y comenzó una fulgurante carrera política y militar, que lo llevó a convertirse en el gobernante más poderoso de Roma y de sus extensos dominios extranjeros, en toda la historia romana. Pero como suele suceder, con los éxitos, la gloria y la aclamación del pueblo, a César se le subieron los humos del poder y se despertó en él la ambición de ser un nuevo rey, desafiando el juramento que hizo el pueblo romano cuando derrocó al séptimo y último rey romano, Lucio Tarquino El Soberbio, de que nunca más se permitiría en Roma a un rey.

Esta ambición, junto con los muchos abusos de poder que según Suetonio cometió Julio César, motivaron la conspiración que habría de costarle no solo el poder, sino también la vida.

Por eso, cuando Julio César cayó muerto al suelo Bruto saltó jubiloso blandiendo su puñal ensangrentado y gritó a los senadores que habían presenciado el asesinato: “¡He salvado a Roma de un tirano!” No sabía o no se imaginaba Bruto que pronto vendrían tiranos peores que Julio César.

Columna del día Opinión Luis Sánchez Sancho archivo

COMENTARIOS

  1. Jaime Pasquier Romero
    Hace 12 años

    Otra version: Según la obra de Shakespeare César dijo: «Y tú Bruto? Muere, entonces, César.»

  2. kalin del monte
    Hace 12 años

    La historia se repite y cada ves peor, esta claro q en el siglo q vivimos somos testigo, como esta naciendo otro tirano, porque ese es el sueno. En la tierra de ciegos el tuerto es Rey.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí