JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Las remembranzas del comienzo de la Primera Guerra Mundial (28 de julio 1914), levantadas por el lienzo del Festival de Salzburgo con el ánimo de darle relevancia a la “cultura de paz”, me invitaron a releer un libro difícilmente comparable con los que se produjeron en aquella época: “El Doktor Faustus” de Thomas Mann, en el cual aborda con lenguaje dialéctico las concomitancias entre lo musical y demoníaco apoyado por el testimonio y la imaginación en un período enclaustrado por el terror, tanto en la primera como en la Segunda Guerra Mundial donde se manifiestan las oscuras posibilidades de la naturaleza humana, de un pueblo vencido, agachado al no lograr la victoria conforme las ambiciones de su nacionalismo.
Presenta la figura artística y teológica de alguien que nadie encuentra en los ámbitos de la existencia: Adrián Leverkuhn, biografiado por su pluma con pasmosa autenticidad hasta el extremo de hacer una descripción de sus obras dentro de las cuales cita el oratorio “San Juan Teólogo” o la versión en ópera basada en las penas de amor de Shakespeare.
Si fuesen verificables por la destreza auditiva semejantes alegorías, el Festival de Salzburgo nacido en 1920, enriquecería su repertorio de lo que en obra sonora se hizo en aquel tiempo que reverbera en la memoria en este 2014 conmovido por las guerras y a las que alude la cultura de paz.
“La gran guerra” como se le conoce está retratada por Mann a través de ese personaje que simboliza a la fatalidad al haber pactado con el Diablo en sus últimos días.
A un siglo de distancia se plantean las conclusiones de Christopher Clark: “El desastre de 1914 es una advertencia que nunca debe minimizar el horror de la guerra y la bondad de la paz”.
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