El miércoles de esta semana un grupo de jóvenes, muchachas en su mayoría, intentaron montar una protesta contra el Gobierno frente a las instalaciones del Consejo Supremo Electoral (CSE), la entidad estatal que es considerada por la oposición juvenil como el rostro más repulsivo del autoritario régimen orteguista.
Pero los jóvenes demócratas ni siquiera pudieron desplegar las pancartas que llevaban para ilustrar su protesta. De inmediato fueron asaltados por más de 200 motorizados que ocultaban sus rostros con cascos de motociclistas y enarbolaban banderas del FSLN. Los forajidos atacaron brutalmente al grupo de manifestantes, ensañándose con las indefensas muchachas a quienes ultrajaron, manosearon, les arrebataron y destruyeron las pancartas y les robaron valiosas pertenencias personales.
También fueron víctimas de la criminal agresión de los motorizados oficialistas, la periodista del Canal 12 de televisión Jeaneth Obando y su camarógrafo Francisco Javier Castro, quien fue atacado con un bate de beisbol por un furibundo individuo, quien destruyó la cámara de vídeo cuando el camarógrafo se protegió la cabeza con ella. Y fue también agredido el fotorreportero de LA PRENSA, Manuel Esquivel, al tratar de intervenir en ayuda de sus colegas periodistas. Todo eso ocurrió delante de una patrulla policial comandada por un comisionado mayor, la cual en lugar de auxiliar a los agredidos por los delincuentes, parecía estar lista para apoyar a los agresores.
No es la primera vez que ciudadanos pacíficos que ejercen su derecho humano y constitucional de manifestarse públicamente para expresar su inconformidad con las políticas y acciones gubernamentales, son reprimidos por las turbas oficialistas. Ni es la primera ocasión en que la Policía apoya a los agresores, en vez de proteger a los agredidos como es su deber oficial.
Por la frecuencia con la que ocurren estos hechos desde que se instaló el segundo régimen de Daniel Ortega, alguna gente considera que han dejado de ser noticia. Quienes así piensan están equivocados. Siempre que los ciudadanos que participan en protestas políticas o sociales son agredidos por las turbas oficialistas; y cada vez que la Policía orteguista reprima directamente o ayude a la acción agresiva de los maleantes motorizados que se ensañan con indefensas mujeres, hay que informarlo y denunciarlo.
Lo peor que se puede hacer es callar ante los abusos y agresiones del poder dictatorial, decía el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, nuestro Héroe Nacional y Director Mártir de LA PRENSA, pues la gente termina acostumbrándose a ellos. En tiempos del doctor Chamorro Cardenal, eran las turbas somocistas las que agredían a los ciudadanos opositores, como ahora lo hacen las turbas y los bandidos orteguistas. En el fondo las turbas, somocistas u orteguistas, son las mismas aunque las de ahora son más brutales que las de antes.
Son individuos sin Dios, sin ley y sin límites morales. Ellos cumplen el trabajo sucio de reprimir salvajemente las protestas ciudadanas por muy pequeñas que sean; de defender a ultranza y por medio de la intimidación, a un régimen que es una dictadura en todo el sentido de la palabra, aunque algunos o muchos demócratas por cobardía política no se atrevan a reconocer la realidad.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A