Esperando a Mandela en Jerusalén

Francisco Javier Sancho Mas

En Jerusalén, aunque parezca un contrasentido, todo el mundo espera algo y al mismo tiempo se ha perdido la esperanza. No hace mucho tuve la oportunidad de visitarla, y también Hebrón, en Cisjordania, otra ciudad santa donde musulmanes, judíos y cristianos veneran la tumba de Abraham. Pude escuchar a algunos palestinos e israelíes que son esa inmensa mayoría silenciosa que no negocia, sino que sufre los acontecimientos con más o menos rabia o impaciencia.

Junto a otros periodistas, salimos de Hebrón el día antes de que se produjese el secuestro y posterior asesinato de los tres muchachos israelíes, lo que desencadenó la locura que hoy se vuelve a vivir en Gaza. Y durante esos días previos, no hallé por ningún lado, por más que preguntaba, un lugar, un gesto o una palabra donde poner la esperanza de una reconciliación. Solo odio, o en el mejor de los casos, ganas de irse o mirar para otro lado. Y la sensación triste de encontrarse en un camino a ninguna parte, tras los últimos intentos de diálogo fracasados, incluyendo los de Estados Unidos y el contacto posterior a la visita del papa.

La tumba de Abraham y Sara puede verse desde las rendijas de unas ventanitas que se encuentran en el lado de la mezquita y en el de la sinagoga. Unos cristales antibalas protegen, no las tumbas, sino a los judíos de los musulmanes y viceversa. En los años noventa, se produjo aquí una de las mayores matanzas perpetradas por el extremismo israelí. Lo último que uno puede sentir es que se trate de un lugar santo. Y si lo fue, ya está bastante marcado por el odio, ¿no creen?

En Jerusalén uno puede esperarlo todo. Era Sabbat, junto al muro de las lamentaciones. Un rabino me acababa de maldecir porque me atreví, por despiste, a tomar una foto, cuando no se podía. Me dijo que iba a morir en un accidente de avión. Lo aseguro porque le entendí muy bien. Por increíble que parezca, en ese instante, como una magia, me acordé de Mandela sonriendo. Luego supe por qué. Y creo que yo también sonreí. El rabino me dejó tranquilo.

Lo verdaderamente genial de Nelson Mandela lo descubrimos al final de un largo viaje interior, su condena de casi una vida en Robben Island: el tipo sencillamente había cambiado de opinión. Nos lo cuenta magníficamente John Carlin en su obra Invictus, en que se narra desde diferentes miradas el factor humano que Mandela imprimía en las dificultosas relaciones con sus allegados y sus oponentes. Cambiar de opinión. Algo tan simple y, a la vez, tan valiente, sobre todo cuando millones de personas, le estaban esperando para oírle decir lo contrario. Hubiese bastado una palabra, un gesto suyo, y se hubiera desatado la locura.

El título original de la primera edición en inglés de la obra de Carlin fue Playing the enemy. Se podría traducir como “interpretar al enemigo”, ponerse en la piel del otro, como un actor, para entenderlo mejor. Muy diferente al sentido de “jugar con el enemigo”. En el caso de Mandela, su enemigo, claro, era el apartheid impuesto por la minoría blanca, y los sectores más radicales de población negra llenos de furia justificada. Su apuesta consistió en renunciar a enseñar los dientes, salvo para una sonrisa. Y no me digan que la sonrisa de Mandela, no era magnífica.

Causa miedo cuando el primer ministro israelí habla de venganza, porque entonces sabemos que volveremos a ver a los niños muertos en los escombros de Gaza. Y es escandaloso el silencio inmediato o la “prudencia” de la comunidad internacional, incluido el Vaticano, que apenas se ha pronunciado justo ahora que el fuego vengador de Israel se ceba con los inocentes.

Pero en Jerusalén caben todos los contrastes, incluso los más impensables, como que la añoranza por la sonrisa de Mandela, nos haga esperar que alguien así, con ese factor humano, surja de un lado u otro de estos muros de vergüenza que cruzan Tierra Santa. En Jerusalén cabe esperarlo todo. Es nuestra historia. Y es de las últimas esperanzas que uno se lleva al volver de donde se han perdido todas. El autor es periodista.

Columna del día Opinión Jerusalén Nelson Mandela archivo

COMENTARIOS

  1. Dan Condega Aguirre
    Hace 12 años

    Solo hablan lo que no saben. Y erráis porque ignoran las escrituras

  2. Hace 12 años

    Hay muchas intenciones o personalidades que pretenden creer o imitar al Sr. Mandela, pero es eso senores es iomposible, los Ghandi, Nehru o Mandela solo existen una sola vez en esta vida en que existimos. Lo de los Judios y la Palestina, eso Sr. periodista es un cuento de nunca terminar, asi como el tratar de averiguar quien esta en lo correcto o no, y por la misma consecutividad de pensamiento, quien es mas extremista en esta situacion. Ambas partes juegan un rol en este juego del gato y el ratón.

  3. Hace 12 años

    de justos y pecadores.

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