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La escritora sudafricana y Premio Nobel de Literatura, Nadine Gordimer, fallecida a los 90 años, será recordada por haber utilizado su pluma para luchar contra la segregación racial del apartheid y defender los derechos humanos en todo el mundo.
Gordimer, quien recibió el Nobel de Literatura en 1991, murió la noche del domingo 13 de julio mientras dormía en su casa de Johannesburgo, acompañado por sus hijos Hugo y Oriane, informó la familia a través de un comunicado.
Esta sudafricana de origen europeo siempre reivindicó su identidad africana y convirtió su país natal no solo en escenario de su vida, sino también de su obra.
“Yo soy africana y el color de la piel no importa”, afirmó la escritora, quien durante su vida dijo que a los 18 años vio que “tenía más en común con los jóvenes negros que con los blancos, solo interesados en las actividades de la comunidad blanca”.
Su literatura, comprometida contra la desigualdad que sufrió su país durante 44 años con el régimen del apartheid, la convirtió en una de las voces más poderosas en la defensa de la mayoría negra y en la principal representante contemporánea de las letras sudafricanas.
LA NOBEL DE LITERATURA
Por ello, a sus 67 años, se convirtió en la primera mujer desde 1966 en recibir el Nobel de Literatura, tras la alemana Nelly Sachs, quien lo compartió con el israelí Samuel Agnon.
Pero más allá de su país, Gordimer también fue una gran luchadora por los derechos humanos en todo el mundo y entre sus principales reivindicaciones se encontraba que la alfabetización se convirtiera en un “derecho inalienable”.
Recibió gran cantidad de premios y distinciones, como quince doctorados honoris causa (por las universidades de Yale, Harvard, Columbia, Cambridge, Leuven en Bélgica, Ciudad del Cabo y Witwatersrand, entre otras).
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Nacida en 1923 en la localidad minera de Springs, próxima a la capital sudafricana, Johannesburgo, su pasión por la escritura arrancó cuando tan solo tenía 9 años y seis años después publicó su primer relato en un periódico del país.
Pero no fue hasta 1953 cuando publicó su primera novela, The Lying Days, que tuvo una gran acogida tanto a nivel nacional como internacional.
Después publicó más de una veintena de obras, entre ellas La huella del viernes (1960), La hija de Burger (1979), Something out There (1984), Un capricho de la naturaleza (1987), Nadie que me acompañe (1994) o The Pickup (2001).
Gordimer siempre consideró que, como figura pública y también sudafricana de raza blanca, debía luchar para lograr una nueva democracia en su país.
Por eso, en todas sus obras se implicó moral y políticamente, como por ejemplo en La hija de Burger, una novela en la que exploró los sentimientos divididos de una mujer blanca cuando su padre comunista fue encarcelado por oponerse al sistema.
PRESIONES DEL GOBIERNO
Sus críticas públicas contra el régimen también le crearon enemistades, especialmente del gobierno del apartheid, que prohibió la publicación de tres de sus obras: La hija de Burger, Mundo de extraño y La gente de July.
Pero pese a estas dificultades que pretendían callar a la voz literaria del “apartheid”, Gordimer nunca abandonó su país y siguió abordando las presiones del régimen de segregación racial a través de historias de amor, odio y amistad.
De hecho, su compromiso social por su país traspasó sus obras y se unió al Congreso Nacional Africano (ANC) cuando esta organización política era ilegal (1960-1990).
LA JUSTICIA HUMANA
Durante su larga trayectoria profesional, la sudafricana fue distinguida con más de doce doctorados “honoris causa”, entre otros, de las universidades estadounidenses de Yale, Harvard y Columbia; además de la británica de Cambridge; la belga de Lovaina o la sudafricana de Ciudad del Cabo.
La escritora y activista, de origen judío, soñaba con la “justicia humana extendida a todos” y en la lucha por conseguir este sueño consideraba que los escritores tenían un papel esencial.
Por eso, siempre pidió a sus colegas una literatura comprometida y no dejó de escribir hasta que su cuerpo se lo permitió: en 2012 publicó su última novela, No hay tiempo como el presente.
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