La afición alemana está de fiesta por la goleada a Brasil que, sin embargo, trata de ser vista solo como la penúltima estación de un proceso que debe terminar con la conquista del cuarto título mundial el próximo domingo en el Maracaná.
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La semifinal salió de forma ideal, pero el torneo no ha terminado, pese a que algunos titulares de la prensa internacional tienden a hacer creer que el 1-7 será lo que se recordará de este torneo.
“Ahora es bueno ser humildes, tenemos que concentrarnos para el domingo”, dijo Löw en medio de los elogios.
La meta ahora está en coronar el proyecto y tiene todo para lograrlo con un plantel excepcional en lo individual y colectivo.
Tras golear a Brasil llegará a Final como el gran favorito.
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“Lo que he visto parecía futbol de otro planeta, ahora tiene que venir la cuarta estrella”, dijo ante las cámaras de la Segunda Cadena de la Televisión Alemana (ZDF) el presidente de la Federación Alemana de Futbol (DFB), Wolfgang Niersbach.
La goleada fue histórica, o “casi histórica” como dijo la canciller Angela Merkel, pero para el equipo y para la afición lo que vale es el título, más allá de la euforia momentánea.
El proyecto de la cuarta estrella se planteó por primera vez después de la final de Yokohama en 2002, en la que Alemania cayó por 2-0 ante Brasil.
El siguiente Mundial, el de 2006, era en Alemania. Pocos creían en la posibilidad de pelear el título, sobre todo después de la eliminación en la fase de grupos de la Eurocopa de 2002 que le costó a Rudi Völler su cargo de seleccionador.
EL CAMBIO
Entonces empezó una especie de reinvención del futbol alemán. Jürgen Klinsmann, que nunca había dirigido equipo alguno, pero había sido capitán de la Alemania campeona de Europa en 1996, se convirtió en seleccionador. Como asistente escogió a Joachim Löw, que lo reemplazaría después del Mundial de 2006 para continuar y perfeccionar una revolución futbolística.
Al comienzo, bajo Klinsmann, la revolución tuvo un aspecto psicológico en la medida en que creó la conciencia de que se podía luchar por los títulos y otro generacional, al llamar a la selección a jóvenes como Per Mertesacker, que no llevaba ni diez partidos como profesional, Bastian Schweinsteiger y Lukas Podolski, entre otros que ahora son grandes figuras.
COMENZÓ EL CAMBIO
En los años siguientes, con Löw como seleccionador, el relevo generacional se radicalizó, en parte gracias a una gran generación que había sido campeón de Europa sub-21 en 2009 como jugadores como Manuel Neuer, Jerome Boateng, Mats Hummels, Sami Khedira y Mesut Özil.
A ellos se agregarían Toni Kroos y Thomas Müller, que se ganó la titularidad para el Mundial de 2010 en Sudáfrica, tras haber jugado su primer año completo en el Bayern.
En 2010 se iniciaría un nuevo aspecto de la renovación consistente en la apuesta por un juego con más elaboración y con más posesión de balón, combinado con la tradicional profundidad que Klinsmann había definido como una de las señas de identidad del futbol alemán.
LOS ÚLTIMOS
De la vieja guardia ya solo quedaba en ese momento Miroslav Klose, que sigue incombustible marcando goles en Brasil. Michael Ballack, que había marcado una época en el fútbol alemán, se perdió el Mundial de 2010 por lesión y nunca volvería a la selección.
En la Eurocopa de 2008, en la que caería en la final contra España, el equipo de Löw ya se había ganando el corazón de los alemanes. En 2010, con las goleadas ante Inglaterra, por 4-1, y ante Argentina, por 4-0, el fervor aumentó. Y había quedado atrás la idea de que Alemania ya no podía ganar ante los grandes.
La derrota en la semifinal ante España se lamentó, pero el equipo era visto como un proyecto de futuro. Sin embargo, en la percepción empezó a haber un viraje y la gente empezó a exigirle al equipo un título.
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