Iban 46 a la hora de escribir este artículo. En su momento de publicación posiblemente sean ya 47. Tenemos como promedio un femicidio cada tres días. Y nada parece frenarlo; ni las protestas de los grupos femeninos que exigen menor impunidad, ni la ley que se aprobó contra el delito. Ahora, con mayor sentido, otros proponen campañas educativas que enseñen respeto a la mujer y contrarresten el machismo. Pero nadie ha planteado un aspecto que es crucial para buscarle remedios al problema: la relación que existe entre las agresiones a la mujer y el tipo de familia en que viven.
La conexión no es tan obvia en Nicaragua, en parte por el uso indiscriminado que hacemos del concepto de “cónyuges” o “esposos”. Cuando los medios hablan de “cónyuge” agresor no sabemos si se refieren a un casado o a un compañero temporal. La otra razón es que no solemos investigar temas sociales.
Pero la conexión existe. Sociedades que estudian sus problemas sociales y compilan estadísticas, han descubierto que el fenómeno del maltrato femenino e infantil es mucho más frecuente en quienes viven en cierto tipo de arreglos familiares, y muy raro en otros.
Lo anterior ha sido revelado por el Departamento de Justicia norteamericano y por varios estudios nacionales sobre abuso y abandono infantil: dos tercios de los actos de violencia íntima contra mujeres no son cometidos por esposos, sino por “compañeros” casuales, amigos, novios o ex novios. Las solteras y divorciadas tienen cuatro a cinco veces más probabilidades de ser victimizadas anualmente que las casadas. En cuanto a las niñas, las tasas de abusos sexuales en hogares con sus padres biológicos era de 0,7 por mil mientras que en hogares de uniones libres, donde la madre vivía con un adulto distinto al padre de los niños, la tasa era 12,1 por mil.
Los estudios llegan a tres conclusiones básicas: Las mujeres casadas gozan estadísticamente de mayor seguridad que las solteras o unidas. Los niños con menor probabilidad de ser abusados, o asaltados, son los criados con sus padres biológicos casados. Los hombres con mayores probabilidades de proteger a las mujeres contra la amenaza de violencia masculina, son los padres biológicos casados.
¿Serán las cosas muy distintas en Nicaragua? Lo dudo. Aunque la intensidad de los resultados y las estadísticas puedan diferir, las conclusiones serían posiblemente similares. Lo sugiere el sentido común. Es cierto que hay padrastros y madrastas excepcionales, mejores que muchos padres y madres biológicas. Pero es más común y probable que sean estos últimos los más inclinados en fatigarse por el bienestar de sus hijos. En parte por razones de sangre, en parte porque esperan tener con ellos una relación a muy largo plazo. Difícilmente será mayor dicha inclinación en aquellos hombres o “compañeros”, o “compañeras,” que sin vínculo sanguíneo alguno con los niños, suelen tener un horizonte de tiempo más incierto o limitado.
Si caben dudas estas podrían dilucidarse monitoreando mejor las circunstancias familiares que rodean los femicidios y abusos físicos y sexuales que sufren nuestras mujeres. ¿Qué relación tenían con el victimario? ¿Eran casados o unidos? ¿Era el marido o un ex novio? ¿Era el esposo o un amante de ocasión? Los periodistas podrían jugar un papel importante en dilucidar estos aspectos igual que la policía y organizaciones preocupadas por el tema.
Si la conclusión es que cierto tipo de uniones familiares suelen ofrecer mayor seguridad y bienestar de la mujer, no cabe más que promoverlas. Con todos los fierros.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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