Alejandro Serrano Caldera

El debate sobre la unidad

Las contradicciones que enfrenta actualmente la sociedad nicaragüense se circunscriben principalmente al ámbito político. Las actuaciones autoritarias del Gobierno y otros órganos del Estado; las discrepancias entre los partidos y grupos políticos de oposición; las diferencias tácticas, estratégicas y conceptuales entre diversas organizaciones de la sociedad civil; el debilitamiento de la participación ciudadana en la discusión y acción ante los más relevantes problemas nacionales, son, entre otras, expresiones de la situación general que actualmente vive el país.

Debido a ello, la discusión pública se centra en temas como las denuncias de las arbitrariedades del poder a través de las diferentes instituciones que controla de manera absoluta; y las recriminaciones entre los grupos políticos de oposición, responsabilizándose recíprocamente de su comportamiento y de ser obstáculo para lograr la unidad que permitiría enfrentar las políticas y actuaciones de facto del Gobierno.

En medio de estas contradicciones, se proyecta como una luz entre las sombras, el sereno, claro y firme mensaje de la Conferencia Episcopal, cuya voz pareciera perderse entre el ruido de las pugnas sectarias, y el silencio elocuente del poder, que al callar, envía, no obstante, un mensaje claro de su rechazo o indiferencia ante los temas señalados en el documento.

Esta contradictoria y confusa situación nos indica que hay problemas inmediatos que deben ser atendidos con urgencia, como el problema del poder judicial evidenciado y agravado en el caso de la sentencia revocada por otra completamente contraria, antes de que se cumplieran veinticuatro horas de la notificación de la primera de ellas a la parte interesada. Como el tema del poder electoral, cuya crisis de credibilidad afecta profundamente al sistema democrático, y, en general, el de la politización de los órganos del Estado, y la hegemonía de la voluntad personal del gobernante sobre las instituciones y las leyes del país.

Pero esta situación que se expresa en numerosos casos particulares, nos indica, sobre todo, que más allá de esos problemas concretos, existe una situación subyacente, más profunda y grave, que actúa como causa de todos los fenómenos que convulsionan cotidianamente la vida política nacional.

Se trata de la ruptura y fragmentación de las bases mismas de lo que constituye un país y una nación, de la fragmentación, no solo del sector político, sino de la estructura misma que hace posible la existencia de una sociedad.

Aunque la palabra nación está desprestigiada en algunos medios y entre algunas personas y despierta rechazos por el uso abusivo y perverso que se le dio por el fascismo, el nacismo y el franquismo, en Italia, Alemania y España, respectivamente, es necesario restituir su valor conceptual y moral, el que de ninguna manera debe oponerse a la mundialización y la necesaria apertura de las relaciones internacionales, ni constituir, por lo tanto, un amurallamiento de ciudad medieval, sino reafirmar su espíritu de puertas abiertas por donde entren los aires renovadores del exterior, pero sobre la base de características culturales e históricas comunes, que hagan posible la adecuada interrelación e integración entre lo particular y lo universal.

En Nicaragua es necesario pensar en la reconstrucción del país y de la nación, pues el fenómeno político que estamos viviendo, es consecuencia de esa desintegración y fragmentación más profunda que, de alguna manera, ha sido característica presente en los diferentes momentos de nuestra historia.

Es por esa razón que, mientras la causa persista, los efectos se repetirán, haciendo de nuestra historia un proceso circular en el que el presente es el pasado que regresa. La situación política, entonces, debe ser vista desde esas dos perspectivas: la que nos sitúa frente a los problemas inmediatos que exigen una solución pronta y concreta; y aquella otra, que nos proporciona puntos de vista de más largo alcance, que requieren una consideración más amplia y profunda para tratar de superar la reiterada complejidad de los problemas que presenta.

Por tal razón, la unidad debe atender esos dos planos de acción, el inmediato y el mediato, el táctico y el estratégico, pues el solo entendimiento coyuntural, si es que este se da, produciría soluciones momentáneas que se disolverían rápidamente ante la reaparición de los problemas de fondo.

Igualmente, la unidad debe atender esos problemas inmediatos, pues ellos, aunque solo sean la punta visible del iceberg, son los que nos advierten que este existe en proporciones mucho mayores de las que percibimos en lo inmediato. Además, no hay que olvidar que el todo está formado por las partes que lo constituyen y que por lo tanto, la desatención de estas, provocaría la crisis en su conjunto.

Por tanto, la unidad debe buscar no solo un entendimiento político determinado por el interés en las cuotas de poder, ni solo limitado a enfrentar problemas inmediatos con una actitud reactiva, sino que además, y sin desatender en ningún momento esos problemas, debe pensarse también en una unidad que permita a la vez integrar voluntades en la construcción de un proyecto de país.

Ese es el desafío que enfrenta Nicaragua y enfrentamos los nicaragüenses. Antes que las dificultades inmediatas y las crisis observables a simple vista, hay una situación menos evidente y de mayor profundidad que alude a la existencia misma de la sociedad. Nicaragua, en la actualidad, más que una nación, es un archipiélago de islotes sociales, políticos y económicos que coexisten inconexos, los unos al lado de los otros. La falta de coincidencia en objetivos y fines produce un desconocimiento recíproco entre las diferentes partes de la sociedad nicaragüense, y, en consecuencia, una autarquía que elimina elementales formas de complementariedad.

La fragmentación social y la ausencia de objetivos comunes, hacen al país, inevitablemente, más susceptible a los conflictos y a las crisis, los que, ante la ausencia de relaciones entre los componentes sociales, encuentran condiciones propicias para afianzarse. “La inconexión es el aniquilamiento”, nos dice José Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote .

Ante ese cuadro descrito en forma preliminar es tarea fundamental y estratégica, establecer las articulaciones que permitan vertebrar al Estado y a la nación. Una labor de esa naturaleza solo es posible cuando existe un proyecto común, una idea capaz de integrar en un conjunto racionalmente estructurado los fragmentos en los que se divide el país.

Sin esa idea clara y sin esa movilización de voluntades y conciencias, difícilmente se podrá llegar a configurar la verdadera unidad y el nuevo contrato social, el fortalecimiento del Estado de Derecho y de las instituciones, la consolidación de la sociedad civil y de la participación ciudadana, la gobernabilidad democrática, la estabilidad política y el desarrollo económico y social. Todo ello debe llevar a la creación de una nueva cultura política y al fortalecimiento de la educación como causa y condición necesaria de toda transformación cualitativa de nuestra realidad nacional.  

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

Columna del día Opinión debate unidad archivo

COMENTARIOS

  1. Ed Dantes
    Hace 12 años

    El Dr. Serrano derrocha sabiduría en el mapa que propone. Sería bueno lo re-expresara en términos más simples para que todos lo entiendan. Hay sangre nueva que debe elevarse, organizarse, y aprender a liderar. Si naciste en Nicaragua, sos nicaragüense, pero no sos CIUDADANO nicaragüense, lo que conlleva aprender y practicar una serie de conceptos donde el Orteguismo nunca podrá triunfar.

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