Querida Nicaragua: Bastó que el papa Francisco dijera que el celibato sacerdotal no es un dogma de la Iglesia, para que comenzaran a circular rumores sobre la supresión del mismo. El celibato es la soltería que exige la Iglesia católica a quienes optan por el sacramento del orden sacerdotal. Desde el año 325 el Concilio de Nicea decretó que los sacerdotes no pueden casarse. A través del tiempo este decreto eclesial ha sido respetado.
En la reforma protestante del siglo XVI, el monje Martin Lutero en Alemania se rebeló en contra de Roma, se casó con una monja y fundó el protestantismo. Sin embargo, la Iglesia católica ha mantenido su apego a la tradición y no ha permitido que sus sacerdotes se casen.
Hay quienes opinan que los sacerdotes, hombres al fin, necesitan tener una compañera y procrear hijos y que esto no perjudicaría en nada su sacerdocio. Pero, ¿se imaginan ustedes a un sacerdote bien parecido casado con una mujer celosa? Los celos son un problema humano muy frecuente. O, ¿podríamos imaginarnos al hijo de esta pareja metido en drogas o cualquier otro vicio? Suprimir el celibato sería introducir un elemento peligrosamente perturbador dentro de la Iglesia.
Creo que para la vida sacerdotal es necesario tener una vocación especial, un llamado de Dios. Quien tiene esta vocación está dispuesto a servir y a entregarse por entero a su fe y a su Dios. No se puede servir a dos señores, dice la santa palabra, o se sirve a Dios o se sirve al mundo y, el matrimonio, aunque santo, es una entrega a la esposa, a los hijos y al mundo que nos rodea. Los sacerdotes no deben tener más preocupaciones que las de la comunidad eclesial a la cual sirven. El sacerdocio católico exige una entrega total a la Iglesia y a la fe. Los sacerdotes son hombres de Dios y no podrían desempeñar sus funciones teniendo sobre sus hombros la responsabilidad de mantener a una mujer y a unos hijos, darles educación, etc.
Creemos que ha sido sabio el decreto del Concilio de Nicea del año 325 proclamando el celibato para los sacerdotes.
Algunos argumentan que los apóstoles casi todos eran casados y tenían sus esposas. Y que Nuestro Señor Jesucristo los comprendió a todos. Ciertamente. Pero también es cierto que cuando el joven rico se acercó al Señor y le preguntó lo que tenía que hacer para ser perfecto, la respuesta fue: “Deja todo lo que tienes, abandona a tu familia, reparte tus riquezas entre los pobres y sígueme”. Esa es la perfección que Dios exige a sus ministros, a sus seguidores, a sus sacerdotes. Dios pide una renuncia total al mundo y San Pablo lo proclama en sus cartas.
El hecho de que se conozcan imperfecciones y escándalos por parte de algunos sacerdotes que han incurrido en pecados de tipo carnal no justifica en ningún caso que se deba abolir el celibato. Significa que esos sacerdotes no estaban preparados para serlo, que se equivocaron al escoger el sacerdocio, que no tenían una vocación auténtica y por eso han servido como piedra de escándalo en su Iglesia. Sin embargo poco se habla de aquellos sacerdotes que se han entregado por entero al servicio de los demás y que han llevado una vida de santidad. Lo vimos hace poco cuando se exhumaron los restos, incorruptos, del padre Odorico de Andrea en San Rafael del Norte. Hay que poner como ejemplo a sacerdotes célibes como este, no a quienes equivocaron su vocación y han cometido desafueros dentro de la Iglesia.
En todo caso los que creemos en la Santa Madre Iglesia tenemos que ser obedientes a sus leyes y a su tradición. El celibato es un requisito para ser sacerdote católico. El sacerdote deberá ser célibe. Sino, mejor hará en ser un buen cristiano laico. El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la Presidencia de la República en 2011.
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