En Nicaragua la mayoría de los niños y jóvenes no crecen con sus padres biológicos. Lo revelan los censos y un estudio —realizado en Managua— que encontró que solo el 26 por ciento de los pobladores había sido criado con la presencia de sus padres biológicos en el hogar. El resto había crecido con su madre y otro u otros padrastros, o con su madre sola u otros parientes. Somos pues un país constituido mayoritariamente por padrastros y entenados.
El primer hijo del padre típico suele nacer fuera de matrimonio —que es el caso del 71 por ciento de los nicaragüenses—. También suele ser engendrado por una joven —amiga, novia o amante— con la que probablemente no vivirá toda su vida. Después de un tiempo y, a veces, de otros hijos, el padre promedio abandonará su pájara, usualmente en pos de otra, posiblemente más joven y con hijos. Convertido ahora en padrastro, añadirá alguno propio al hogar, hasta que las riñas y exigencias familiares le hagan sucumbir a las mieles de otra pájara, con la cual repetirá el ciclo. La abandonada, por su parte, probablemente encontrará otro hombre que se convertirá en padrastro del hijo que le dejó su anterior ave de paso.
Si uno pregunta a niños que ve en la calle, ¿dónde está tu papá?, oirá con frecuencia repuestas como “se fue”, “nos abandonó” o “no vive con nosotros”. Y lo dicen con una naturalidad que no revela el dolor y los sufrimientos que dejan en su estela los abandonadores. El padre Azarías H. Pallais, una de nuestras cumbres intelectuales, los detestaba. “El abandonador”, decía, “es el animal más animal y la bestia más bestia de nuestra fauna”.
Quien trae hijos al mundo y no se responsabiliza por ellos; quien los deja a la deriva, y no los educa, ni suda para abrigarlos y asegurar su sustento, ni se acuerda de sus cumpleaños, ni los busca ni los llama, es un criminal. Aunque su conducta no constituya delito ni le traiga oprobio. En cierta forma el abandonador es un feminicida. Aunque no siempre le clave un puñal a su compañera, le mata muchas veces su futuro al dejarla desamparada y con hijos. También es infanticida. Los hijos privados de sus padres biológicos sufren las tasas más altas de mortalidad, morbilidad (enfermedades), fracaso escolar y delincuencia.
El drama tiene raíces muy hondas. Una de ellas es la aversión de muchos hombres —y cada vez más mujeres— al concepto de compromiso. El grueso de nuestra población ni se casa ni se quiere casar. Prefieren juntarse, disfrutarse sin ataduras, libres de todo voto o juramento de fidelidad y permanencia. Se les llama uniones “libres”, pero podrían llamarse animalescas. Porque lo distintivo y noble del ser humano es poder someter sus instintos y sus actos a códigos morales. En el caso de relaciones de parejas, estos exigen compromiso, exclusividad y permanencia —ingredientes indispensables para cultivar el amor y proteger la prole—.
No es coincidencia, entonces, que los hijos e hijas criados con la presencia de sus padres biológicos suelan tener mayores ventajas. Una de ellas es la seguridad. Hace poco el Washington Post demostraba, estadística en mano, que las probabilidades de una mujer de sufrir abusos físicos y sexuales, son 17 veces menores cuando vive con sus padres biológicos casados. Y concluía con esta recomendación: “Así mujer, si eres el producto de un buen matrimonio, y te sientes por eso más segura, en el día de tu querido viejo levanta por él la copa”.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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