La reciente preocupación manifestada por los productores y, más aún, la del pueblo que ha sentido los agravantes del fenómeno meteorológico llamado El Niño, nos mueve a meditar sobre su implicancia y la razón de las mismas en nuestro país. Si bien es cierto que este fenómeno no es nada nuevo, también no dudamos que la dureza con que se nos ha presentado tiene su origen en gran manera por la lamentable e irracional destrucción del bosque.
El bosque muy bien lo sabemos es el creador y facilitador del medioambiente, el espacio y universo donde se desarrollan los árboles, en mayor o menor grado de crecimiento, el punto principal y estratégico donde la naturaleza ejerce funciones muy diversas emanadas, por la obra de la creación divina para beneficio y sustentación de la vida. Mas sin embargo, desde hace mucho tiempo, y hoy más que antes, en nuestro medio se ha venido generando un constante detrimento en el ecosistema promovido por la increíble explotación maderera, que en principio se traduce particularmente en prolongadas sequías, en la variabilidad del clima y la alteración del equilibrio ecológico; en la desertización de los suelos, el agotamiento de los recursos naturales y por ende la extinción de la vida vegetal y animal, lo cual nos indica que el calentamiento global ha dejado de ser un mito para convertirse en un grave riesgo para el desarrollo social y económico del país.
Si volvemos la mirada al campo encontraremos grandes áreas de terrenos vacíos y áridos, caso especial actualmente, la biosfera de Bosawas, que no hace falta comentarlo aquí, porque ya lo han dicho hasta la saciedad los especialistas, los científicos y ambientalistas quienes han asegurado que un descuido sobre la naturaleza podría provocar graves implicaciones aunque se trate de procesos muy lentos y de resultados no inmediatos perceptibles.
A propósito, nosotros recordamos las décadas del 50 y 60 del siglo XX cuando la llamada “Fiebre del Oro Blanco” asoló de frontera a frontera la faja del Pacífico en una desenfrenada carrera por la siembra del algodón; bajo la fuerza de una pesada maquinaria agrícola desaparecieron montañas, pastos y tacotales, ejemplo: en el municipio de Nindirí —departamento de Masaya— feroces y antiguas montañas como La Pelota, El Paraíso, Zapotal y Montañal fueron arrasadas desde sus raíces, de igual manera el minifundio no fue la excepción; pequeñas fincas cultivadas de chagüites, hortalizas, cucurbitáceas, tubérculos y muy complementadas con animales domésticos y de labranza, aves de corral, sin faltar en su entorno plurales y prodigas plantas, que provenían de salud y energía, desaparecieron en forma definitiva obligando a sus antiguos dueños no solo a emigrar del campo a la ciudad sino también transformar su vieja identidad gastronómica por una dieta que no estaba escrita en los códices de sus antepasados.
De manera que tanto por lo enumerado debemos meditar con sentido humanista y ambiental lo que significa en el andar de la vida. Por eso debemos de cuidar el bosque y preservarlo promoviendo medidas regenerativas, pues el bosque está ligado a nuestra vida despertando sublimes evocaciones, de acuerdo a nuestro tiempo y nuestra cultura. Cuando admiramos su paisaje bello, como un lienzo tejido por las manos de Dios y escuchamos la plegaria que con sus cantares deshoja el ruiseñor, aspiramos el aroma del Sándalo, nos extasiamos; sentimos la fuerza del viejo roble, el rumor de la tierna acacia, del enebro, el pino y el caoba, compartiendo junto al sauce parado sobre el río, como un inmóvil peregrino se nos llena el alma de tan excelsa naturaleza.
Finalmente, el bosque es la revelación mística desde los albores de la prehistoria, en lo profundo de sus entrañas junto al limonero bajo la flor de la luna, bebieron el elíxir de la vida y vivieron sus creencias, sueños y temores nuestros antepasados, quienes inspirados por la pasión del corazón escribieron en la corteza de la encina el poema del amor eternizado entre el cielo y la tierra. El autor es historiador.
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