Óscar Duarte, el joven nacido en Catarina, Masaya, hace 25 años, llenó de orgullo el sábado a costarricenses —por ayudar a la selección de Costa Rica a vencer a un gigante del futbol mundial como es la selección de Uruguay— y a nicaragüenses por ser el primer compatriota no solo en participar en esa fiesta que capta la atención de millones de personas, sino por ser el primero también en anotar un gol en esas latitudes.
Duarte es sin duda un joven de gran talento, pero también debe tener mucho temple, mucho coraje y decisión.
El camino que lo ha llevado hasta la Copa Mundial de Brasil no ha sido fácil. Primero tuvo que llegar como un inmigrante de apenas cinco años de edad a Costa Rica y luego —sin duda a base de mucho sacrificio— tuvo que sobresalir entre los muchos jóvenes talentosos que en ese país practican el futbol en las ligas menores del Deportivo Saprissa, como relató a BBC Mundo el periodista deportivo del diario La Nación, Harold Leandro.
Duarte nació con características físicas que hasta cierto punto le abren puertas en los deportes, ya que como lo describe el periodista Leandro a la BBC es un joven que “es bien alto, mide 1.84 y además de un físico impresionante”, pero además —continúa el periodista— “tiene un futbol que tiene un gran desarrollo técnico, es muy táctico, tiene malicia, tiene anticipación”.
Todo esto fue tomado en cuenta por el director técnico de la selección de Costa Rica, el colombiano Jorge Luis Pinto, para que el joven nacionalizado costarricense formara parte de la alineación titular en el evento deportivo que probablemente es el más importante del mundo.
Su coraje, decisión, entrega, características físicas y hasta cierto “olfato” natural han ayudado a este joven a llegar donde está. Y Óscar puede y ojalá llegue mucho más lejos. Como persona él es el único que puede ponerse un límite. Bien por el joven nica-tico.
Sin embargo, nosotros, como país y como sociedad, a la vez de enorgullecernos por los logros de este joven también debemos preguntarnos si damos las condiciones a un sinnúmero de jóvenes y niños que hoy caminan por nuestras calles, cargando sus talentos y sus sueños, pero que no encuentran el espacio para desarrollarlos.
A pesar que con el ejemplo de este joven más de algún exaltado ha tenido expresiones chovinistas, la verdad es que hoy es Óscar quien nos recuerda con su extraordinario éxito personal el fracaso que somos como país y sociedad. Y que hay cientos, miles de nicaragüenses, que para triunfar han tenido que salir de estas fronteras y una vez fuera, donde encuentran tierra fértil para desarrollarse en diferentes campos como los deportes, las ciencias o las artes, sobresalen y el mundo toma nota.
Esta sociedad debe garantizar las oportunidades para que sus integrantes puedan desarrollar su capacidad y talento sin tener que salir expulsados por un sistema que los ahoga, un sistema que no impera en este país desde hace algunos años sino que ha sido la norma siempre.
Muy bien por Óscar y los miles de jóvenes que han podido triunfar fuera, pero ¿qué oportunidad le da este país a los cientos de miles de jóvenes que permanecen en Nicaragua?
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