¿Sabe usted que es lo que más anhelan encontrar en sus empleados las empresas que operan en Nicaragua?
Para responder a esta pregunta la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo (Funides) encuestó a gerentes de recursos humanos de 93 empresas que juntas cubren más de 17,000 trabajadores. A través de ella se buscaba tener una visión completa de las competencias que más valúan los empleadores del país.
La encuesta presentó a consideración de las empresas veinte competencias subdivididas en tres categorías: 1. Cognitivas: aquellas asociadas con el conocimiento y capacidades académicas, como escribir y expresarse bien, pensar lógicamente, etc. 2. Técnicas: como manejar maquinarias, programas de computación o dominar artes específicas. 3. Socioemocionales, a veces llamadas competencias “suaves”, como iniciativa, honradez, autocontrol, etc.
A las empresas se les preguntó cuál de todas estas competencias consideraban más importante. Luego se les pidió colocarlas por orden de importancia. ¿Listos? Pues bien, el conjunto de competencias que recibió prioridad no fueron las técnicas, o las cognitivas, sino las socioemocionales. Y la más demandada de entre todas fue —quizás usted ya acertó— la honestidad.
Una posible interpretación de estos resultados es que la honestidad salió de primera no solo porque es valiosa en sí, sino porque es escasa. Lo que hace caros a los diamantes no es solo su belleza sino su escasez. Si fuesen tan comunes como el vidrio las señoras elegantes no se los pondrían.
La honestidad es una piedra preciosa. Un diccionario la define como una cualidad humana que consiste en comportarse y expresarse con sinceridad y coherencia, respetando los valores de la justicia y la verdad.
La ausencia de honestidad lo arruina todo. Un empleado inteligente pero capaz de engañar o robar, es más bien una amenaza; mejor que fuera tonto. Un artesano o profesional, hábil o preparado, pero mentiroso y aprovechado, me puede entregar productos viciados o darme gato por liebre. Un empleado competente pero sin integridad, fingirá trabajar o inventará dificultades con que excusar su pereza. Los empleadores no desprecian, al contrario valoran, que un empleado sea inteligente, hábil en informática, fluido en inglés, y elocuente para hablar. Pero antes que todas esas cosas buenas valoran que sea honrado.
El déficit de esta virtud es tragedia. ¡Cuánto ha sufrido Nicaragua por tener gobernantes inteligentes pero ladrones! Nuestra crisis institucional, ¿no es acaso falta de honradez o de integridad en los poderes del Estado? Desde los magistrados judiciales, que cambian sentencias por órdenes de arriba, hasta los magistrados electorales, que roban votos al partido rival, su común denominador es la falta de honestidad. El problema es que no se detiene allí. Lo infesta todo; desde arriba hasta abajo. Cunde entre los altos funcionarios, pero no más que entre profesionales, obreros y taxistas. Cunde entre los estudiantes —quien no haya trampeado en exámenes que tire la primera piedra— pero también entre sus profesores. Está en todas partes, nos rodea, nos sumerge.
Pablo Antonio Cuadra, en su libro El nicaragüense , se preguntaba si no sería la mentira “uno de nuestros pecados nacionales”.
Poner la honestidad en el centro del currículo puede ayudar a promoverla, aunque maestros carentes de ella no la pueden transmitir. Predicarla en las iglesias o las empresas puede ayudar, pero limitadamente. Las virtudes básicas no se aprenden tanto en la escuela como en el hogar, y no a través de la prédica sino del ejemplo. Lo que nos lleva de regreso al tema del año: la familia. En ella está la raíz de todos los males y todos los bienes. Si ella falla, falla todo lo demás. El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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