Uno de los temas de La frase del día de la semana pasada fue dedicado a la palabra laberinto. La Frase del día es una cápsula etimológica del lingüista español Eduardo Soca, que el portal La Página del Idioma Español envía a todos sus suscriptores que quieran recibirla.
Voy a citar íntegramente la cápsula etimológica sobre el laberinto, porque vale la pena:
“En la civilización egea, que se desarrolló antes de la llegada de los helenos, era común la construcción de enmarañados laberintos en cuyos innumerables corredores, cámaras y vericuetos solían perderse los visitantes.
“Los latinos llamaron a estas construcciones labyrinthus, del griego labyrinthos, una palabra que, según el lingüista francés Antoine Meillet, especializado en lenguas indoeuropeas, tiene probable origen cario. Los carios habitaban la región del mar Egeo y fueron desplazados por los helenos unos nueve siglos antes de nuestra era.
“Sin duda, el más famoso de aquellos laberintos era el de Creta, que, según la mitología griega, fue construido por Dédalo para encerrar al mítico Minotauro, un animal sanguinario con cuerpo humano y cabeza de toro”.
Hasta allí la extensa cita sobre el significado de la palabra laberinto. Por su parte, el también español José Antonio Pérez-Rioja dice que el laberinto “es símbolo de encrucijada, de algo confuso, embrollado o en desorden”. Y cita al erudito francés Paul Diel quien en su obra clásica El simbolismo en la mitología griega asegura que el laberinto “simboliza el inconsciente, el error y el alejamiento de la fuente de la vida”.
Otro autor francés, Jean Francois Michel Noël, define el laberinto como un “recinto lleno de bosques y edificios dispuestos de manera que cuando alguno ha entrado en él, le es muy difícil encontrar después la salida”. Cabe mencionar al respecto, ahora que el nombre de Gabriel García Márquez ha estado de moda por su fallecimiento, que una de sus principales novelas más conocidas, El general en su laberinto , se refiere precisamente a lo enredada y dramática que fue la vida de Simón Bolívar, particularmente en su etapa final.
Michel Noël narra también que en la antigüedad se mencionaban al menos cinco laberintos muy famosos.
El primero, al parecer el más antiguo, estaba en Egipto, cerca del lago Moeris. Allí el faraón Amenemhat III hizo construir un complejo de edificios, incluyendo un gran palacio y una necrópolis o cementerio. Se dice que el gran palacio tenía tres mil dormitorios, la mitad de los cuales eran subterráneos. Solo se podía bajara por un acceso hacia ellos, pero dentro había una gran cantidad de intrincados pasillos en los cuales era muy fácil perderse. Heródoto, el clásico historiador viajero griego quien visitó aquel complicadísimo complejo de habitaciones y pasillos, fue precisamente quien le puso el nombre de laberinto.
Los egipcios llamaban a aquel complejo de edificaciones “el palacio de Caronte”, pues creían que este mítico personaje lo había construido con el dinero que cobraba a las almas de todas las personas, que al morir, debían pasar al otro mundo, cruzando obligatoriamente el río Aqueronte, para lo cual solo había una embarcación que era conducida por Caronte.
Otro laberinto famoso estaba en la isla de Lemnos, en el mar Egego. Se dice que allí había 150 columnas de mármol, colocadas sobre la superficie de manera tan perfectamente balanceadas que se podía moverlas sin que cayeran al suelo.
Se menciona otro laberinto en Italia, el cual estaba debajo de la ciudad de Clusiun y fue construido como su tumba por un vanidoso rey etrurio llamado Prensa, para que los reyes de otras partes lo envidiaran.
Y se habla aun de otro laberinto que hubo en Samos, la isla natal del filósofo Epicuro, el cual fue construido por Teodoro, uno de los arquitectos que construyeron el laberinto de Lemnos. Pero sin duda que el laberinto más famoso era el de Creta, como bien lo explica Ricardo Soca en la cápsula etimológica citada al comienzo de esta columna.
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