Luis Sánchez Sancho

Aedón y la pérfida Envidia

En la mitología griega y romana, la Envidia era una diosa alegórica, o sea, simbólica, hija del gigante Palas y de la infernal laguna Estigia. Así lo asegura el mitólogo español José Antonio Pérez-Rioja, citando al antiguo poeta latino, Ovidio.

A la Envidia, dice Pérez-Rioja en su Diccionario de Símbolos y Mitos , “se le representaba con la cabeza enraizada de serpientes y la mirada torva y sombría”.

Sin mencionarla, Homero alude a la Envidia en el Canto XIX de La Odisea, al referirse a la tragedia de Aedón (hija de Pandáreo, rey de Efeso, y esposa de un rey de Tebas llamado Zeto) causada por la pérfida Envidia.

Quienes han leído La Odisea conocen que Odiseo (llamado Ulises por los romanos), regresa a su reino y hogar en la pequeña isla de Ítaca, después de veinte años perdido en el mar cuando regresaba de la guerra de Troya, que también ha durado veinte años.

Disfrazado de mendigo para no ser reconocido por los enemigos que ocupan la isla, Odiseo conversa con su amada esposa Penélope. Pero esta no lo reconoce y solo lo interroga con la esperanza de que le dé alguna información sobre su marido ausente. Durante el coloquio con el supuesto mendigo, Penélope le confiesa que ella vive embargada por una inmensa tristeza, “como cuando la hija de Pandáreo, la parduzca Aedón, canta hermosamente al comenzar la primavera, posada en el tupido follaje de los árboles, y deja oir su voz de variados sones que muda a cada momento, llorando a Itilo, el vástago que tuvo del rey Zeto, y mató con el bronce por imprudencia (…)”, dice, entre sollozos, la desdichada esposa de Odiseo.

Homero se refiere a Pandáreo, rey de Efeso, quien tenía dos hijas llamadas Aedón y Quelidón. La primera se casó con Zeto, rey de Tebas, al que tuvo solo un hijo quien fue llamado Itilo. Zeto y Aedón formaban un matrimonio bien avenido, pero ella era infeliz porque quería tener más hijos y no podía, por muchos esfuerzos que hiciera, lo cual la entristecía. Y he aquí que la insidiosa y perversa Envidia se apodera de la mente de Aedón y la induce a envidiar a Níobe, la esposa de su cuñado Anfión, hermano de Zeto, quien ya le había dado varios hijos de ambos sexos.

De manera que inducida por la Envidia, a Aedón se le ocurre de repente la macabra idea de vengarse de Níobe, sin que esta le hubiese hecho ningún daño, para lo cual planea asesinar al primogénito de esta y Anfión.

Níobe y Anfión están de visita en casa de Zeto y Aedón, y a su niño primogénito, cuyo nombre es Amaneo, lo acomodan para dormir en la misma cama del pequeño Itilo, uno a la derecha y el otro a la izquierda.

En un momento del día Aedón dice a Itilo que esa noche debe cambiar lugar en la cama con su primo Amaneo. El siniestro plan de Aedón era acercarse a medianoche al cuarto donde dormían los niños, para en la oscuridad consumar su propósito criminal.

Pero el pequeño Itilo se olvida de cumplir la recomendación de su madre y esa noche ocupa en la cama el mismo lugar en el que había dormido las noches anteriores. En medio de la oscuridad, Aedón se acerca sigilosamente al lecho en el que duermen los pequeños, y con una filosa daga de bronce asesina a su propio hijo, en vez de matar a Amaneo como era su avieso propósito.

Cuando Aedón descubre su fatal error pierde la razón, se mesa los cabellos, llora desconsoladamente y finalmente se quita la vida con la misma daga con la que ha matado a su propio hijo. Pero su alma culpable es acosada despiadadamente por las Furias, que son las divinidades infernales que persiguen implacablemente a todos aquellos que son culpables de crímenes monstruosos, como es el caso del parricidio y al fratricidio.

Es tanto el dolor sentimental que después de muerta sigue sintiendo Aedón, y tan sincero es su arrepentimiento, que los dioses se apiadan de ella y la convierten en ruiseñor. Que eso, precisamente, es lo que significa Aedón en el idioma griego antiguo.

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